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Álvaro Urtecho fue uno de los más libres y nobles intelectuales contemporáneos de Nicaragua. Nació en noviembre de 1951 y falleció en diciembre del 2007. Poeta, filósofo, crítico de arte y literatura, estaría cumpliendo 64 años; por lo que su familia, amigos y colegas le brindaron un cálido homenaje en su Rivas natal.

Fue un gran amigo, hermano mayor literario, maestro y entusiasta compañero de tertulias. Exaltar sus cualidades para mí siempre se convierte en el ineludible deber de recordarlo como él mismo se autodefinía: como un satírico oculto detrás de la metafísica; un festivo simpático (cantante, imitador de voces, seductor afectivo en las ruedas bohemias), oculto tras la seriedad del poeta depurado y el pensador filosófico.

Socrático. Agradable conversador. Animado y humorístico en los círculos de amigos íntimos. Reacio a las poses públicas y al éxito de lo que él llamaba “la imagen seria”, autolabrada. Siempre practicando juegos de palabras y conceptos pero a la vez dotado de una cultura excepcional en nuestro medio.

Lector de todo tipo de libros y géneros, se enorgullecía más (y no por mímesis borgeana) de lo que había leído que de lo que había escrito, aunque su obra misma lo contradijera: cinco importantes libros de poesía publicados y tres volúmenes de ensayos y textos críticos que inexplicablemente permanecen inéditos. En ellos reflejaba vivamente la variedad de sus intereses intelectuales: prólogos, artículos, reseñas y amplios ensayos sobre literatura, filosofía y pintura.

Poco antes que falleciera empecé a preparar con él una entrevista para el periódico, que lamentablemente quedó trunca. En un primer encuentro empezó, como otras veces, a hablarme de su vida, de su derrotero como escritor y de los dilemas que debió enfrentar su vocación desde el inicio, en su temprana juventud.

Recordó sus viejos tiempos, a mediados de los sesenta, cuando se presentó como cantante en Rivas, imitando a Enrique Guzmán y a otros artistas, acompañado por el conjunto de Freddy Salazar. Era la época final de las grandes veladas que se organizaban en Managua y en otras ciudades del país. 

“No me empeñé en seguir ese camino –me dijo–, pues en aquella sociedad autoritaria y conservadora todo eso era mal visto; pero cuando llegué a Managua a estudiar Humanidades en la UCA me hice admirador de Los Rockets, y visitaba con frecuencia La Tortuga Morada, donde ofrecíamos recitales los poetas de mi generación”.

Sus padres querían que fuera médico, siguiendo la tradición familiar, alegando que la carrera no le impediría dar rienda suelta a sus inquietudes literarias. Pero él, rechazando consejos y yéndose por el todo o nada, decidió ser integralmente poeta, lector de tiempo completo, disfrutando la lectura de manera sensual, “como quiere Roland Barthes con su expresión del plaisir du texte, y no de la manera analítica y fría como la practican los profesores por obligación”. 

Y se orientó por otras rutas. “Por lo que el sermo vulgaris considera una vagancia, una trashumancia, una pérdida lamentable de tiempo, un onanismo, una irresponsabilidad, una enfermedad y una locura: la poesía, que es, a mi juicio, lo más serio y sagrado del mundo; una actividad puramente gratuita, inútil desde el punto de vista material, pero profundamente espiritual, que tiene de mística, de crítica social y de confesión psiquiátrica”.

Para Álvaro el poder y el dinero eran completamente ajenos; los despreciaba. Decía que lo más importante era el ocio creativo, el enriquecimiento humano que da el conocimiento y el disfrute de la cultura y el vuelo de la imaginación. 

“La sociedad capitalista y neocapitalista –decía–, con su alienante división del trabajo, se dedica a censurar el mundo de la imaginación, castrando los poderes innatos de los seres humanos. Eso es vivir en una paradoja, en un dilema a lo Chesterton o a lo Borges. Se empeñan en ver lo más serio como un retraso mental o una bufonería…”.

Por esa insoportable contradicción, en su intimidad y en su soledad; en su reducido rincón lleno de libros el poeta a veces reía a carcajadas. Se reía del mundo, y por supuesto también de sí mismo. Así era de agudo, inteligente y afable el magnífico esplendor de Álvaro Urtecho.

* Escritor y periodista.

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