Saúl Verde
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Nicaragua es una historia llena de dádivas, decía mi profesor de filosofía. Es curioso ahora que lo pienso. Bajo 319 años de dominio colonial, el principio de propiedad privada se planteó de acuerdo con los derechos reales que en ese entonces el rey de España impuso sobre muchas tierras. 

Mediante el curso de la historia llegamos al año 1963, donde el censo nacional de ese entonces marcó que en Nicaragua había 575 latifundios con más de mil manzanas de tierra. Entre otros problemas también radicaba la “matrícula”. Que no era más que la obligación del campesino a inscribir a sus hijos en la hacienda donde nacían; y de allí, no podían salir sin autorización del patrón.

La primacía de la Iglesia en el Estado era inmensa. No se podía enterrar en el cementerio a alguien que no fuera de fe católica. De no ser por la revolución obrera, la liberación de la subordinación o el fin de la explotación no hubiese sido posible.

A lo que voy con esto, es que la clase menos favorecida tenía restringido el derecho a la propiedad y a muchas libertades más. Como resultado de esto, los líderes de las comunidades ofrecían dádivas al pueblo quizá a cambio de trabajo, o a cambio de adeptos a los movimientos políticos.

Básicamente, la identidad de la revolución sandinista indicaba una similitud entre el tipo de gobierno con los líderes de las comunidades de ese entonces, y  bajo esta misma idea surgieron las expropiaciones del gobierno actual bajo la reforma agraria para beneficiar a sectores simpatizantes a su partido. 

Todo regalo compromete, y un país pobre no puede rechazar las dádivas. El hecho está en una sencilla razón que la gente aún no parece comprender; los regalos no son un mérito del comandante del pueblo presidente, es su trabajo. Y ese dinero sale de nuestros bolsillos. Nosotros aún podríamos escoger entre la regalía de una propiedad o acceso al empleo para comprar dicha propiedad. Y aquí vamos a la pregunta fundamental. ¿Tenemos la libertad de escoger?

Por otro lado, la oposición no trabaja con dádivas, pero hace proselitismo político también mediante las inconsistencias del Frente; hablan de dictadura, pero los presidentes de los partidos de oposición tienen años militando en los mismos puestos. Ellos desean crear conciencia política en la población, pero esto no funciona por una sencilla razón: el pueblo no va a unirse bajo la tarea de crear conciencia política con partidos acusados de corrupción.

Abogar lo que el Gobierno hace bien o mal es tarea de diez minutos, tarea que cualquiera puede hacer viendo las noticias en un día. El problema es que las soluciones que no ofrecen al pueblo, las tienen las nuevas generaciones. Sin embargo, siguen empeñándose en buscar la unidad con otros partidos corruptos en lugar de buscarla primero con el pueblo.

Si estos “líderes” fuesen vistos en los centros educativos, la presión popular sería más fuerte, pero no todos lo hacen.  Muchos llaman a los jóvenes para protestar o someterles a juegos de violencia, y no vemos a las nuevas generaciones en los partidos políticos. 

No hay conciencia política sin educación; ningún país puede abandonar sencillamente la pobreza, reclamando cambios en el Consejo Supremo Electoral, o trabajando indirectamente en un canal interoceánico, sin primero haber salido de la ignorancia. 

Vengan a buscarnos a las universidades, vean lo que los líderes educativos están haciendo; no tienen ética, no saben que están trabajando con seres humanos, no conocen aún la diferencia entre el precio y el valor de la educación. Ellos siguen haciendo profesionales con títulos, el gobierno regalos por compromiso y ustedes militantes sin ideales verdaderos. No esperemos después ciudadanos.

Diseño y Comunicación Visual
Universidad Americana (UAM)

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