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Conociendo los resultados de las recientes elecciones en España, donde los cuatro partidos en contienda: el Partido Popular (PP), en el Gobierno, el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) —ambos tradicionales—; hoy enfrentados a las fuerzas emergentes: Podemos y Ciudadanos, en colisión y actitudes irreconciliables, no predicen un escenario estable, a corto plazo. 

De los 350 escaños que tiene el congreso de los diputados españoles, el PP solo logró obtener 123 curules, los PSOE, 90; Podemos, 69; Ciudadanos, 40.

Sería difícil que de ahí salga un gobierno de coalición, por de pronto. 

Pero nada es imposible en el reino de la política. Cualquier posibilidad, por muy absurda que fuere, se puede convertir en una probabilidad, cuando los políticos dejan, a un lado, sus intereses personales o porque un evento inesperado irrumpa.

La sólida democracia española, desde 1975, luego de la muerte de Francisco Franco, ha sabido resolver con agilidad, inteligencia y mucho interés nacional cualquier escollo. Pero ahora luce atollada y parece que está amenazando a su establishment político. Dos nuevos e inexperimentados partidos, y más bien infundidos de mucho populismo —uno de centro-derecha: Ciudadanos; y el otro de izquierda Podemos— han puesto en jaque al sistema tradicional.

¿Será este precedente un punto de partida para que las emergentes fuerzas políticas se conviertan en puntas de lanza creadoras de un nuevo esquema partidario, dejando mal parados a los partidos tradicionales que parecen estar gastados y sin propuestas atractivas? 

Este fenómeno español indica que las ideologías, además de estar ya bien gastadas, pueden ser suplantadas por nuevos grupos espontáneos salidos de la sociedad civil. O que las simples propuestas están haciendo intentos exitosos para dejar a un lado a los partidos tradicionales. 

Desde el punto de vista de la crisis, sí hay perspectivas de solución a la crisis, cuando los líderes políticos en los regímenes parlamentarios no se ponen de acuerdo. El Rey puede invitar a los líderes a formar un gobierno; y si esto no sucede, luego de dos invitaciones a los líderes contundentes, se convoca a nuevas elecciones.

Lo maravilloso: cuando los políticos entran en pugna en un régimen parlamentario: existen siempre soluciones alternativas de negociación que la ley y la democracia prevén para que todo se haga dentro de los cauces cívicos.

El contexto electoral no pudo haber sido más complejo: 1) crisis económica corrosiva, aunque ya en vías de solución; 2) intentos de separación de algunas regiones autónomas —catalanes y  vascos; 3) cuestionamientos continuos al liderazgo franco-germano que, usualmente, “impone” la ruta a seguir de la Unión Europea; 4) fuertes críticas a las políticas financieras, que hoy imponen a los españoles, el Banco Europeo y el Fondo Monetario Internacional; 5) descontento por el flujo de migración norte-africana, latinoamericana, y ahora del Medio Oriente, que no solo pone más presión sobre la economía del país ibérico sino a la seguridad nacional.

El presidente español actual, Mariano Rajoy (PP) —un conservador que ha hecho en pocos años duros ajustes estructurales para que la economía vuelva a levantarse— electoralmente punteó bien. Pero no tiene una mayoría suficiente para legislar con confianza y liderar las políticas de su partido (PP) con solidez y seguridad.

El PP, que podría aliarse con sus eternos rivales —los del (PSOE)— dirigido hoy por el joven líder Pedro Sánchez, luego de enconados y antiguos enfrentamientos, fueron desairados por los socialistas.  

Por otro lado, los partidos nuevos: Podemos y Ciudadanos están diametralmente enfrentados. Es poco probable que se alíen; pero no imposible. Y eso hará más difícil cualquier proceso de negociación parlamentaria para la formación de un gobierno.

¿Este fenómeno dejará en entredicho al establishment europeo? ¿También podría convertirse en una onda expansiva que afecte a Latinoamérica?

España tiene una respetable democracia de 40 años que se ha plantado bien en el mapa político mundial (¡Y a gran nivel!). Es un país plurinacional exitoso. Y sí, con esta crisis, se está demostrando que, aun los partidos con mucha fuerza ideológica, experiencia, agudeza y olfato político, pueden, en cualquier momento embarrarse y convertirse en carruajes poco eficientes  y sin imaginación.

No dudo que la sociedad española sabrá sortear todos estos obstáculos. Pero quedan demostradas dos cosas en este caso: 1) que la crisis es lo único incierto en el juego político; 2) que la institución de la monarquía —ahora bajo el mando del novel Felipe VI— aunque parezca obsoleta o decorativa, podría jugar un rol que le dé equilibrio y sostenibilidad, seguridad y tranquilidad a la toda noble nación española. 

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