Lesli Nicaragua
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Más allá de la famosa y práctica lista de propósitos de año nuevo –un clisé que nos hace sentir útiles–, para este 2016 deberíamos encimar la sabiduría individual para hacerle frente a un mundo en el que el cinismo gobierna las más básicas ideas y prácticas humanas.

A simple vista pareciera tan obvio que ni siquiera merecería sugerirlo. Pero observando a nivel macro, donde la invasión de la carne por el espíritu erige colectividades que aceptan las doctrinas a ciegas sin el mayor reparo de la responsabilidad moral, Max Weber salta como un verdadero visionario un siglo después de sus estudios sobre la ética protestante y el capitalismo.   

Veámoslo de esta manera: ¿cuántos de nosotros pedimos sabiduría para realizar cualquier acto –por muy pequeño que parezca–? Estas simplezas que crean hábitos requieren de la certeza de los responsables efectos que surgirán de las acciones tomadas. ¿Qué pasa entonces si no usamos la sabiduría y en cambio usamos la sutileza de la astucia? Nos volvemos cínicos. No en el sentido peyorativo, sino en la esencia del pragmatismo.  

Por eso no es de asustarse que líderes como el católico Francisco griten que volvamos a la humildad, que reconozcan los estragos del capitalismo voraz –no el que puede brindar desarrollo– o que estén a favor de cuidar el medioambiente escribiendo contundentes manifiestos que desnudan el cinismo de personas y empresas, sistemas y gobiernos.

Lo mismo que hizo Weber cuando sentó las bases del capitalismo desde la conducta moral de los profesionales y la aspiración de la gloria de Dios contrastándola con la ociosidad y la holgazanería, que implican –per se– un cinismo actitudinal que aspira al poder económico y del placer a través de la ley del mínimo esfuerzo, lo que a su vez desarrolla inmoralidad.

De allí parten todas las violencias, las inconciencias y los fundamentalismos, porque lo predominante está ocupando lo exterior, lo inmediato, lo rápido, donde lo real cede lugar a la apariencia a causa de la invasión de otras culturas económicamente desarrolladas pero éticamente debilitadas. Es como poner en práctica –y en mixtura– El príncipe y las 48 reglas del poder. Otra vez el tipo del Vaticano lo expuso: “La mayor amenaza es el gris pragmatismo de la vida cotidiana”.

Pero en oposición están las convicciones espirituales que de ninguna forma se oponen a la bienandanza del sistema económico, al contrario, lo complementa en un sinergia moralmente deseable, pues alienta un estilo de vida que permite a los individuos el ejercicio libre y racional de su profesión, el aprovechamiento adecuado del tiempo y la acumulación de riquezas pero no con fines temporales sino para su salvación, aumentando su vida de gracia.

Max Weber fue exacto: todos los hombres deben aspirar a la gloria de Dios, por eso en el mundo debe desaparecer el deseo exagerado de amasar bienes y dinero, y evitar la holgazanería, porque la vida profesional es una exigencia para todo individuo para evitar la ociosidad y practicar la virtud del servicio a los demás y glorificar a Dios.

Vuelva ahora a su lista de propósitos de año nuevo y revise si la sabiduría, esa que en el capítulo ocho de los Proverbios se lee que es la que acompaña a Dios desde el principio, está encima de todos. Si no es así, seguimos siendo cínicos, a pesar de nuestra naturaleza espiritual.

*Periodista y escritor.


leslinicaragua@yahoo.com

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