Jorge Eduardo Arellano
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Se me ha preguntado la diferencia entre dariano y dariísta. Es muy fácil deslindar ambos conceptos. El dariano es todo aquel que admira a Rubén Darío, mejor dicho, su obra y le profesa una devoción literaria (no religiosa, como la de los marianos). Pero esta admiración y esta devoción la manifiestan generalmente no solo a través de la lectura, sino (los más aventajados) de la escritura, aunque sin llegar a ser expertos como los dariístas.

Estos somos escasos. En cambio, los darianos abundan y algunos, los menos recomendables, ostentan una conmovedora ignorancia.

Entre ellos figuran los oportunistas: por ejemplo, aquel que hace años planeaba erigir en la isla del Cardón 400 elefantes de cemento y bautizar a cada uno con el nombre de un patrocinador. ¡A cambio de cinco mil dólares! O uno que se atrevió a editar una colección de falsificados manuscritos de Darío (aunque no todos) bajo el título formado con un fragmento del cuarto verso del poema “En una primera página”, perteneciente a El canto errante (1907): el símbolo divino de la letra.

Enumerar a todos los darianos exigiría  muchos párrafos. Los más connotados, a todas luces, responden a los nombres de Julio Valle-Castillo y Carlos Tünnermann Bernheim. Sin embargo otros han demostrado modesta y esporádicamente: como Guillermo Rothschuh Tablada, aunque sin concretizar un volumen específico sobre Darío; Gilberto Bergman Padilla, promotor de la más completa edición de Prosas profanas y otros poemas (1996), editada por Pedro Luis Barcia, y editor de un Darío diplomático (1997), entre otras aportaciones; Armando Zambrana, a quien se le debe el glosario básico Para leer a Darío (1998) y alguna otra incursión; y Silvio Gurdián Bissio, cuyo Rubén Darío/poeta de siempre (2011) constituye una excelente guía para profesores y estudiantes, por citar siete darianos vivos.

En cuanto a los fallecidos, debo recordar a tres granadinos de nombre Alejandro: Reyes Huete, Hurtado Chamorro y Montiel Argüello. Es decir, a los autores de Rubén Darío en su prosa (1960), Observaciones en la obra de Rubén Darío (1962) y La mitología griega de Rubén Darío (1967), premio de ensayo del Centenario; Rubén Darío en Guatemala (1984) y Rubén Darío en Costa Rica (1985). Al mismo tiempo, resulta imprescindible citar a los leoneses José Jirón Terán y Edgardo Buitrago, cultores darianos sin par, o mejor aún: dariólatras de amplia dimensión: el primero especializado en la bibliografía del nicaragüense máximo y el segundo en el modernismo en general.

¿Y las darianas? Solo conozco a cinco. La primera: Margarita Gómez Espinosa, quien nos dejó un apreciable Rubén Darío patriota (1966) y un menos útil Rubén Darío universal (1973). La segunda: Magdalena Úbeda de Rodríguez, autora de acertados artículos escritos con fluidez y dominio; la tercera: Margarita López Miranda, discípula del dariísta chileno Fidel Coloma, limitada a varios ensayos valiosos; la cuarta,  Nidia Palacios Vivas, por  haber publicado tres colecciones de ensayos darianos; y la quinta: Isolda Rodríguez Rosales, de escasa y certera producción.

No debo excluir aquí a dos darianos nicaragüenses realizados en Miami-Dade: al fallecido Guillermo López Brenes, último biógrafo general del Bardo Rey, según lo revela su obra Puntos y comas en la biografía de Rubén Darío (2006); y a Flavio Rivera Montealegre, insistente editor de textos darianos. Tampoco debo eludir a los más recientes darianos: Francisco Javier Bautista Lara, a causa de su extensa y notable investigación en la prensa centroamericana de la época: Último año de Rubén Darío (2015); y a Roberto Carlos Pérez, novedoso participante en dos congresos internacionales sobre Rubén Darío.

¿Y nuestros dariístas? O sea aquellos que se han consagrado al estudio del  padre y maestro  mágico, a concebirlo integralmente y a profundizar en su obra con entusiasmo creador, gestando libros de crítica e interpretación. O, más aún, preparando ediciones anotadas y críticas, actualizados en la bibliografía dariana, rindiendo desvelado culto a su significación y capaces de identificar fuentes primarias y referencias fundamentales. Sin duda, se acreditaron la categoría de dariístas, hasta cierto punto, Edelberto Torres y Julio Ycaza Tigerino; pero el más relevante de todos los fallecidos es Ernesto Mejía Sánchez y de los vivos Eduardo Zepeda-Henríquez. Por algo a sus 85 años ha concluido una vigorosísima obra de pronta erudición. Por fin, estamos en pleno desarrollo cuatro dariístas: Noel Rivas Bravo, Ricardo Llopesa, Pablo Kraudy (el más meticuloso) y yo.

Postdata: el primero que utilizó el término dariísta fue Salomón de la Selva en 1955.

 

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