Oscar Gómez
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Los juegos de los niños se convierten en muchas ocasiones en el reflejo de lo que acabará por ser su propia vida de adultos: soldados que jugaron a la guerra de cartón, futbolistas que dieron patadas a balones de papel en los recreos, actores que interpretaron su inocencia ante un público de peluche, costaleros de mesas de camilla, periodistas que retransmitían las hazañas de sus juguetes. Pero la gracia del juego de los niños está en que ellos deciden cuando se acaba para empezar con otro o para cumplir con los deberes que aún no han alcanzado la mayoría de edad de las responsabilidades. Esa es una de las ventajas de la niñez y su consecuente inocencia: la de que la imaginación permite vivir todas las existencias.

La cosa cambia cuando los juegos tienen un tiempo determinado, con hora de final y de comienzo, cuando siempre es el mismo y se repite hasta que aburre; cuando se parece más, en definitiva, a una jornada de trabajo que a un entretenimiento de tardes de merienda y patio.

Nos escandalizan las imágenes de los niños a los que alguien quiso dar un fusil que dispara muerte a razón de seiscientas balas por minuto, y sin embargo, no nos revuelve el estómago las miradas codiciosas de quienes arrebatan de las manos de sus hijos el cepillo del pelo con el que imitan a su cantante favorito ante el espejo para ponerle un micrófono de los de verdad y llevarlos a un plató de televisión. A uno y a otro, al niño que se camufla cantando en un mundo de adultos y al que se mimetiza entre la maleza para burlar los disparos del enemigo, les han ahogado la inocencia. A uno, la muerte lo llama con el silbido de las balas. Al otro, una partitura dramática le habla de una madurez que no es real, y que le pasará factura cuando tenga que hacerse un hueco en una jungla de hienas que no ríen, porque llevan el cuchillo de la envidia apretado entre los dientes. Profesionalizar los juegos, convertir la gracia natural propia de la infancia, de vivir en un mundo idílico en el que no existen las consecuencias en una actitud resabiada de cuerpos de niños con poses avejentadas no es, nunca, una buena idea.

Salvando las distancias del odio y de la sangre, se arrebata de la misma manera la infancia al crío al que se introduce en el escenario infernal de una guerra aprovechando sus instintos de animal que aún no ha aprendido a ser hombre, que a aquel que se sube a las tablas de un escenario para representar un papel de sí mismo, y que es divertido solo las primeras veces; antes de que se dé cuenta de que se ha convertido en una obligación como la de los mayores. O a aquel otro al que se inocula el beneficioso virus de la competitividad en el ámbito del deporte, que se transforma en veneno y es administrado en cantidades de sobredosis, o cuando no está convenientemente contrarrestado por las vacunas de la motivación y el cariño.

Los niños no deben tener profesiones. Ni la de soldado ni la de campeón de nada que no sea terminar el primero la merienda, lavarse los dientes o poner la última pieza del puzzle. Y aunque la diferencia radique precisamente en que la guerra nunca puede ser un juego, las actividades deportivas o las escénicas, tan beneficiosas desde el punto de vista del desarrollo social, físico e intelectual en la infancia, pierden todo su valor en el momento en el que pasan de ser entretenimiento a dedicación.

El reconocimiento, el interés de los mayores, la transformación en héroes efímeros es lo que lleva a los pequeños a tratar de llamar la atención imitando conductas de adulto. Malinterpretar esa tendencia natural e inocente hasta que los niños ya no tienen vuelta atrás a su infancia, porque se han convertido en asesinos prematuros o en cantantes incapacitados para gestionar un éxito que acabará por asfixiarles es, cuando menos, un gesto de necedad. E incluso, crueldad intencionada, que busca un beneficio dictado por la avaricia.

El equilibrio es difícil, y probablemente radique en que los padres no proyectemos nuestras frustraciones sobre nuestros hijos. Que no caigamos en la insistente tentación de sobrepasar la frontera recreativa de cada actividad a menos que intuyamos una mínima posibilidad de éxito profesional de los niños. Porque la única profesión del niño, debe ser la de niño. Ni mercenario ni actor. Ni deben caminar por las pasarelas de moda, ni esperar en las esquinas para avisar de la presencia de la policía en los suburbios. Y tan grave unos extremos de la comparación como los otros. Porque de la misma forma pierden la infancia, aunque solo quienes empuñan un arma o se desarrollan en un ambiente criminal se jueguen, además, la vida misma.

Los niños imaginan. Crean los propios escenarios de sus tiempos de juego, y esa es una de las habilidades que nos distingue precisamente del resto de integrantes del reino animal. Si cercenamos la capacidad de imaginar, de crear, tal vez nos espere un futuro sin creatividad.

Sin ideas.

Las fosas comunes de los rincones más olvidados del planeta están llenas de cadáveres de niños envueltos en una bandera de la que ni siquiera tenían edad para conocer su significado. Dentro de unos años, los barrios más humildes, estarán habitados por quienes un día fueron artistas, cuando todavía no tenían edad para ser otra cosa que niños. 

*Periodista.

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