Orlando López-Selva
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Cuando finaliza un año, gran parte de la humanidad olvida lo que sucedió durante los 365 días pasados. Es normal. Solo los que padecen algún mal piensan en alguna pérdida material o un dolor familiar.

Así, mientras no haya una amenaza grave a la paz comunitaria —o al menos nacional, ya no digamos regional— poco nos importa lo que suceda en otros países.

Pero con cada comienzo, surge una especie de renovación de la esperanza.

Y con los conflictos en Asia, África y la crisis económica y de refugiados en algunos países europeos, los que vivimos en el nuevo continente, nos sentimos muy optimistas y sobre-seguros donde estamos.

Algunos ejemplos nos dicen mucho: la solución, en proceso de gestación, a la medio-secular crisis cubano-estadounidense que poco a poco ha ido encontrando convergencias; la situación tranquila, de momento, en Venezuela, donde las elecciones parlamentarias recientes pudieron haber desembocado en un baño de sangre en ese hermano pueblo; (¿y por qué no?) la situación entre Nicaragua y Costa Rica, luego de la sentencia de Harbour Head, demuestran que, por el momento, estamos resolviendo nuestros problemas y diferencias de una manera racional y civilizada.

Eso es muy satisfactorio.

Si vemos más allá de nuestros océanos, la sola crisis de Siria se presagia como un torbellino que puede salirse de las manos en cualquier momento. Pero, la tenaz y noble insistencia del secretario general de la ONU, el surcoreano Ban Ki-moon —a quien muchos ven de menos por su pequeñez física y su difícil acento al hablar en inglés o francés— nos dice que hay ya una ruta de esperanza para ese sufrido pueblo.

Cuando pienso en Siria imagino a dos fieras que tienen entre sus fauces a una presa indefensa que lo único que puede hacer es retorcerse de dolor o gemir débilmente.

Siria es un buen ejemplo de conflicto fácilmente propagable y de probable desencadenamiento global.

Pero solo las propuestas de la diplomacia colectiva, más la acción decisiva de Moscú, que converjan con otras iniciativas de las potencias del Consejo de Seguridad, los países árabes más cercanos al problema, y las patrióticas intenciones de los sirios —de uno u otro bando— pueden lograr que ahí se apague ese foco peligrosísimo de conflicto amenazante a la paz mundial.

En cada siglo surgen males de todo tipo. El conflicto sirio conllevó al terrorismo de ISIS: un mal mayor para toda la humanidad.

La teoría realista que sostiene que el conflicto es inevitable pues viene desde las entrañas del hombre, siempre parece tener asidero en lo que vivimos hoy.

Por ello, pregunto: ¿Es posible una paz mundial?

Cada quien defenderá su propia propuesta de solución, dependiendo del cristal con que mire las cosas. Habrá quienes digan que es necesaria la justicia; otros agregarán el amor al prójimo; habrá quienes crean que es mejor educar en valores o crear instituciones; otros en la vivencia del diálogo y el civismo; otros propondrán que solo una repartición justa de las riquezas materiales aplacaría el ímpetu conflictivo en el hombre.

Todos tenemos un poco de la razón. No es fácil reconocerla en otros. Pero cuesta mucho más aceptarla a la par de nuestros propios razonamientos.

Saludo a la noble diplomacia colectiva que trabaja, en contra de todos los obstáculos posibles y destructivos, para encontrar soluciones. O la más difícil de las tareas: sentar a la mesa de negociación a aquellos que ni siquiera pueden verse, mucho menos deseen convivir.

Verdaderamente, la diplomacia es una ciencia de pocas herramientas coercitivas. Pero sí puede echar mano de la inventiva, la reflexión, la solidaridad o la bondad humanas.

Hay quienes sostienen que debemos acostumbrarnos a los naturales conflictos humanos, pues son difíciles de suprimir del hostil entorno que nos rodea. Es cierto. Pero, ¿por qué darle cabida al mal como práctica cotidiana o aceptar que los daños  causados por el hombre no puedan ser contenidos? La medicina preventiva tiene éxitos con las epidemias. ¿Sirve ese ejemplo?

Si nos podemos educar para la paz como personas, ¿por qué no como Estados-naciones?

¿Por qué no difundir la enseñanza y práctica de la solidaridad, tolerancia, respecto, y empatía, al igual que otras ciencias?

Un secretario general de las Naciones Unidas afirmaba que si las guerras comenzaban en las mentes de los hombres, era ahí donde debíamos combatirlas.

Si es posible minimizar el conflicto, es posible que vivamos todos en paz.

¿Es posible luchar solo con las ideas por una paz mundial, aunque nos llamen tontos idealistas?

 

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