Adolfo Miranda Sáenz
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Toda persona experimenta en la vida preocupaciones y tristezas. La muerte de un ser querido, una relación rota, una crisis económica, una grave enfermedad, el mal camino tomado por alguien, soledad, fracasos… muchas cosas nos preocupan, nos entristecen y a veces nos deprimen. Pasamos por esto varias veces en la vida. Es inevitable. La cuestión no es cómo evitarlo, sino cómo enfrentarlo y superarlo. La medicina y la sicología ofrecen ayuda, y está bien. Yo me referiré a la ayuda de Dios desde la perspectiva cristiana. 

La Biblia nos muestra una larga lista de personas buenas que pasaron por situaciones angustiantes. El mismo Dios hecho hombre, Jesús, ante la cercanía de su terrible pasión y muerte por crucifixión, exclamó: “Siento en mi alma una tristeza de muerte.” Y pidió al Padre: “Si es posible líbrame de este trago amargo.” Moisés reclamó a Dios: "¿Por qué me tratas tan mal? ¿Qué tienes contra mí que me has hecho cargar con este pueblo? No puedo soportar. Mejor quítame la vida.” David clamó a Dios: “¿Por qué no atiendes mis lamentos? Día y noche te llamo y no respondes. No hay descanso para mí.  Mi espíritu está totalmente deprimido. Tengo el corazón totalmente deshecho.”

Nosotros no estamos exentos de situaciones difíciles. Igual que Jesús, Moisés o David necesitamos a veces clamar a Dios e incluso quejarnos. Este es el primer paso para poder superarlo. No debemos sufrir en silencio. Tenemos un Dios a quién gritar: ¡¿Por qué?! Debemos aliviar el peso en nuestro corazón, echar fuera lo que sentimos, llorar, lamentarnos con todo derecho. No quejarnos de Dios, pero sí quejarnos a Dios. Es el momento en que nos sentimos abandonados por Él y como Jesús en la Cruz tenemos derecho a decirle: "Padre, ¿por qué me has abandonado?”.

Jesús, Moisés y David llegaron incluso a presentarle “su renuncia” al Padre. Moisés pidió morir. Jesús contempló la posibilidad de no beber su cáliz amargo. David se sintió impotente. Vaciaron así su corazón ante el Padre. Y ese es el segundo paso, reconocer: ¡Ya no puedo más! ¡Solo, no puedo! Porque reconociendo eso damos lugar al tercer paso: Poner nuestra carga, nuestros problemas y sufrimiento en las manos de Dios. El mismo Jesús, que como verdadero hombre contempló "renunciar" y se sintió abandonado del Padre, como verdadero Dios nos dice: "En el mundo tendrán aflicciones, pero no teman, yo he vencido al mundo". "No se preocupen… ustedes tienen un Padre celestial que sabe lo que necesitan". "Vengan a mí los que están cargados y fatigados que yo los haré descansar”. “Pidan y Dios les dará, llamen y se les abrirá".

Dios responde; le mandó al hambriento pueblo del desesperado Moisés maná y codornices. Pero su ayuda no vendrá cuándo y cómo nosotros queremos. El Padre no le evitó la Cruz a Jesús, pero le envió un ángel a apoyarlo. Quizá Dios nos mande cierta ayuda temporal mientras todavía tengamos, como David, que “pasar por valles de tinieblas” pero sabiendo que “Dios nos conduce a aguas tranquilas… su bondad y su amor nos acompañan". Primero nos da fortaleza para soportar la situación, nos da paz aún en la adversidad, nos da fe, esperanza… la certeza de que vendrá la solución, no sabemos cómo ni cuándo… ¡pero vendrá! Esa espera no es pasiva, Él dice: “Busquen y encontrarán", ¡pero nos toca buscar! Por años he pedido a Dios ayuda para mí y para otros, y Él siempre ha respondido. Ha tardado, a veces bastante, y casi nunca responde como esperaba… ¡pero siempre responde, muchas veces mejor que lo esperado! 


Abogado, periodista y escritor
www.adolfomirandasaenz.blogspot.com

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