Jorge Isaac Bautista Lara
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Existe, en África, una tribu que no conoce ni entiende el uso en la cultura occidental del YO y el TÚ. No saben cómo aplicarlos. No tienen un equivalente porque para ellos simplemente no tendría uso. No comprenden cómo es posible que uno se pueda individualizar y salirse del grupo. Entienden y asumen en el ser humano un sentido y sentimiento de valor y existencia en colectividad. Y se comprenden como seres gregarios. Esa ficción occidental del Yo y el Tú les resulta anómala. Y se explican de la siguiente manera: si en la familia se da un nacimiento, celebran un matrimonio; si en la familia existe salud o entendimiento, ellos dicen “estamos bien”. Si en el caso contrario existe uno del grupo familiar, o de la comunidad, que está gravemente enfermo, existe una muerte en uno de sus componentes, etc. Ellos entienden que “estamos mal”, y en ese punto no pueden comprender el expresar “yo me siento bien” o “yo me siento mal”. El sentimiento e identidad en ellos es colectivo. El sentimiento de individualidad y egoísmo les resulta contranatura.

El desarticular, separarles de los suyos, de la familia o comunidad, es como anularles, y sienten en esto pérdida de identidad y sentido de existencia.

Los norteamericanos y los europeos separan con pasmosa facilidad el YO y el TÚ. Dejando en segundo plano, incluso olvidan, el nosotros.

Por eso es fácil ver como abandonan en los asilos de ancianos a sus viejos. Nosotros, dichosamente, aún no hemos asumido totalmente esta visión, aunque sí se dan lastimosos casos.

El año 2016 nacía, aproximadamente las cuatro de la madrugada del primero de enero; “Año de la Misericordia”. Suenan los celulares de mis hermanos y hermanas de manera alarmante, para darnos la dolorosa noticia de la partida a la eternidad del hijo de un hermano.

El 2016 es un año especial que marca el centenario de la muerte de Rubén Darío (1916), el Padre del Modernismo; es el año del 30 aniversario de la muerte del escritor mexicano Juan Rulfo (7 de enero 1986); autor de “El Llano en Llamas” (1953) y “Pedro Páramo” (1955) (Padre del Realismo Mágico). El escritor de la economía de palabras y pocos adjetivos en su escritura. El escritor de quien Gabriel García Márquez reconoció que una vez que le había leído “me dio por fin el camino para continuar mis libros”,  y de quien se dice que fue de este de quien copió el estilo del Realismo Mágico. El mismo que en una entrevista dijo que su nombre era “Juan Nepomuseno Carlos Pérez Rulfo Vizcaino; me apilaron todos los nombres de mis antepasados paternos y maternos como si fuera el vástago de un racimo de plátanos, y aunque siento preferencia por el verbo arracimar, me hubiera gustado un nombre más sencillo”.

Francisco Bautista, el expolicía, escritor y colaborador del Hogar Zacarías Guerra (viven niños huérfanos), luego de meses de trabajo, hacía unos días me había mostrado, con alegría, la impresión para la presentación en los primeros meses del 2016 de su libro “Último Año de Rubén Darío”; obra de 689 páginas; 111 artículos, 46 poemas (34 de Rubén Darío), 131 noticias; 288 piezas publicadas en 20 periódicos y 7 revistas editadas en Guatemala (45), El Salvador (83), Nicaragua (95) y Costa Rica (65), fundamentalmente de enero 1915 a marzo 2016. Un libro cuyo diseño de portada elaboró uno de sus hijos menores. Con lo que 2016 daría luz el nacimiento a una obra monumental, un hijo literario más, de su ya larga lista de libros. Pero la partida de uno de sus hijos mayores, el mismo que le colaboraba en las ediciones en las redes y los sistemas, lo ha herido en la profundidad del alma y del amor. Sus ojos se han inundado de lágrimas.

Las familias no se hacen, me expresó uno de los que llegó, en vínculos parentales. La realidad muestra que se construyen en los tejidos de la convivencia, solidaridad, lealtad y acompañamiento. Con el sentir colectivo, con el apoyo de grupo.

Una doméstica, de la tercera edad, decía que en el momento de la vida que duelen las manos, la cabeza, el cuerpo... Cuando aprieta el dolor, es tiempo de arrodillarse.

Hoy nos duele el alma, ¿puede ser de otra manera?  Y así decimos, a la manera de esa tribu africana, que al iniciar este año, “nosotros no estamos bien”. Pero viviendo en esperanza y fe, “nosotros estamos bien y con él”.  Porque el hijo y el dolor de un hermano es, y debe ser, nuestro hijo y dolor también.

 

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