Erick Aguirre
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A Solentiname llegó Julio Cortázar la Semana Santa de 1976, ya entrada la noche. Lo esperaban amigos y poetas de Nicaragua; además de un grupo de muchachos, campesinos de la comunidad, entre los que entonces empezaban a forjarse los más notables representantes de la pintura primitivista nicaragüense contemporánea.

Me gusta imaginar que Cortázar, cansado como estaba por el viaje, se fue a dormir casi enseguida; pero antes algo llamó su atención y lo distrajo por un rato en la casa donde le tocó pasar la noche. Afuera alguien dormía en una hamaca, y él descubrió en su cuarto un grupo de pinturas apiladas en un rincón.

Empezó a mirarlas bajo la magra luz de un bombillo. Eran las pinturas de aquellos muchachos y muchachas que lo habían rodeado con curiosidad y amplias sonrisas de bienvenida cuando la lancha que lo trajo había atracado ya casi oscureciendo.

Al día siguiente alguien le explicó que eran trabajos de los campesinos de la zona. “Esta la pintó el Vicente, esta es de la Ramona”, le decían, y a mí también me gusta imaginar que después esa misma voz le dijo: “Y estas son las de Carlos García, vecino de aquí nomás; un muchacho al que le falta un ojo”.

Y aquel escritor que siempre fue tan propenso a sorprenderse con cosas tan hermosas, encontró una vez más la visión primera del mundo, la mirada limpia de quien describe su entorno como un canto de alabanza.

Sin ser un gran conocedor de pintura, aun de la primitivista que no necesita de conocedores ni de críticos, solo de admiradores y degustadores satisfechos; me atrevo a decir que, si bien la pintura primitivista nicaragüense es de una belleza impresionante, especialmente la de los pintores de Solentiname; entre toda ella destaca la de Carlos García por ciertas características que irremediablemente la singularizan.

La siempre tenue opacidad de la luz en sus cielos nublados; la intensidad también menguada del color en suave contraste con el cielo, especialmente el verde y sus múltiples variedades en dependencia de las especies que conforman el follaje; las formas y figuras de casas, personas, botes, frutas, animales y plantas; se destacan en sus cuadros respecto al resto de primitivistas nicaragüenses.

Las obras de Carlos García no parecen: fueron y son pintadas por un artista que asume su trabajo con igual o mayor seriedad que un pintor de los que llamamos profesionales o “de escuela”. Con su apenas primer grado de primaria, la profesionalidad de este pintor se patentiza en la rigurosidad de sus procedimientos, que es absolutamente notable en sus efectos; en la obra terminada.

Hay en ella un concienzudo detallismo, no solo de figuras sino también de formas, luz y color. Sobre todo, como dije, del verde: verdes distintos, variados, y entre todos esos verdes otros colores menores en el barquito sobre el río, en los zahínos bajando o subiendo de la montaña; en la mujer lavando ropa o el hombre con el torso desnudo y la cutacha en la cintura; o el otro descansando sobre el tambo de su cabaña, soñando con un paisaje y unas cosas que alguien está pintando y él ya no puede mirar.

Es verdad lo que ha dicho el colega Anastasio Lovo: las cosas pintadas por García no se ahogan ni se aglomeran en sus cuadros, porque su composición es siempre acertada; como si su autor hubiese egresado de alguna escuela de bellas artes donde no solo enseñan a dibujar sino también a componer. Pero también son puntos de fuga que trascienden la mirada de quienes los observan.

Como la mirada de Cortázar después, en su apartamento de París, cuando con un trago en la mano, en uno de esos trances en los que uno no sabe cómo ni por qué hace las cosas cuando ha cruzado un límite; proyectó las diapositivas y volvió a estar frente a aquellos cuadros. Entonces volvió a contemplar el Génesis, y también el Apocalipsis.

* Escritor y periodista.

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