Jorge Eduardo Arellano
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¡Sabrosa Chepa Teta!

El cronista e historiador José Dolores Gámez refiere en sus memorias que la salvajería de los filibusteros fue tanta que resultaba imposible imaginarla en nuestros tiempos, pues llegó al extremo de asesinar en pleno día a una persona para destazarla y comerla asada. El caso fue público en Rivas, cuando ocupaban esa plaza las tropas de Walker en 1857 y pasó de este modo:

Existía una trinchera, o barricada de maderos, sobre la calle llamada Cantarranas, frente a la casa que había sido del extinto licenciado don Laureano Pineda. Por ella entraba a la ciudad, todas las mañanas, a vender algunas provisiones, una mujer del barrio de Los Cerros, llamada Josefa. Como de 35 a 40 años, la Chepa era robusta de carnes hasta la obesidad y abultadísima de los pechos que le colgaban al nivel del ombligo, llevándolos mal cubiertos por el lienzo transparente del güipil.  

Los filibusteros que cubrían las trincheras supusieron que aquellas ubres humanas debían ser excelente comida y determinaron probarla. Para ello, cuando se acercaba la infeliz mujer, le acertaron un balazo, recogieron su cadáver y lo despojaron de las piezas codiciadas, improvisando con estas un buen beefsteak del que comieron con delicia, exclamando de vez en cuando, en el mal castellano que hablaban: -¡Sabrosa Chepa Teta!

El último deseo del líder granadino

El negro Ponciano Corral, militar y líder de los señores de Granada, se arrepintió de haber pactado con el filibustero rubio y fue acusado por este de “traición”, procesado y sentenciado a muerte. —¿Cuál es su último deseo?–– le preguntaron. ––Que me fusilen yanquis, ¡no leoneses!

Un discurso turiferario de 1940

Habría que matizar la afirmación de que Tacho era “poco amigo de intelectuales”, pues vivía rodeado de muchos: liberales, conservadores y reaccionarios. Como se ha visto, José Coronel Urtecho fue el más prominente, franco partidario suyo y colaborador de su régimen como ideólogo, funcionario y diputado. En agosto de 1940, durante un paseo en Granada organizado por la municipalidad, improvisó uno de los abundantes discursos turiferarios de la época: “En repetidas ocasiones he hablado sobre el General Somoza, sobre su labor altamente progresista y de hombre de acción; mas hoy quiero hablar de cuestiones esencialmente intrínsecas para contemplarlo en sus cualidades de hombre, esa célula que tanto está haciendo falta hoy en el mundo…” ––comenzó, para añadir: “Permítaseme que contemple al General Somoza desde el punto de vista de sus tres grandes virtudes: su sencillez, su gran amor a la verdad y su bondad”. “El General Somoza ––concluyó–– fue sometido a la prueba del oro y encontrado puro.” (Memoria de la visita 
presidencial. Granada, Tipografía Salesiana, 1940, p. 72). 

Del certamen de frases serviles

Los más allegados a Tacho convocaron a un improvisado certamen de frases serviles para enaltecer su figura. El primero ––un diputado de Masaya–– tomó ritualmente del pódium un vaso de agua. ––Voy a ingerir esta agua bendita para pronunciar el nombre sagrado del excelentísimo presidente de la república, general de división don Anastasio Somoza García. A un concejal de Granada le correspondió el segundo turno en el certamen: ––Somoza es un sol que alumbra y torna feliz nuestra diaria existencia.

Un leonés discursero dijo: ––El general Somoza pesa 200 libras y 195 su corazón. Pero el ganador fue un funcionario de la comuna capitalina, a quien apodaban Chato: ––Dios ha sido muy bueno conmigo. Me ha dado poder, dinero y familia. Solo en una cosa ha sido injusto: no me hizo mujer para parirle un hijo al general Somoza. 

La retórica desmentida por la Historia

Antes del acuerdo de Sapoá entre la Resistencia Nicaragüense y el Ejército Nacional, que impuso el proceso irreversible de la Paz durante la incivil Guerra de los años 80, el hiperbólico ministro del Interior, familiarizado con la lectura de la Biblia, pregonaba: ––Caerán las estrellas del cielo y se secarán los ríos antes que nos sentemos, frente a frente, con los cabecillas de la Contra.

Por su lado, el jefe del Estado Mayor del Ejército Nacional, aseguraba: ––No hablaremos nunca con los payasos, sino con el Dueño del Circo (léase el gobierno de Ronald Reagan). Y el vicepresidente civil no se quedó atrás: ––Seguiremos hablando por las bocas de los fusiles. He aquí a la Historia desmintiendo a la retórica. 

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