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Este año se despierta con las luces de unas elecciones presidenciales que validarán una administración actual que se erige como símbolo de buena gobernanza o devendrán en la otra opción, que se representa a sí misma con un lenguaje acerado y cáustico, que la vuelve distópica. 

Por esta razón, nuestras conciencias deberán reconocer entre la convicción y la responsabilidad, las dos únicas actitudes éticamente diferenciadoras del humano, y más aún de los políticos. Según Max Weber, el hombre de convicción dice lo que piensa y hace lo que cree sin reflexionar las consecuencias, puesto que según él la verdad prevalece siempre y está por encima de las circunstancias. Mientras que el responsable adecúa sus convicciones y principios a una conducta que tiene presente los efectos de lo que hace, para que sus actos no provoquen catástrofes. 

Y en una geografía bipolar como en la que estamos inmersos, la responsabilidad política se ha traducido en un pragmatismo de muda elocuencia, pero de concretas respuestas. Por las que ya no es necesario soñar con el progreso económico ni con la democracia. Los números, me dijo una matemática y economista ucraniana que consulté hace unos días, nunca mienten. Y si no tienen unido un guion a la izquierda quiere decir que se va por buen camino. A su vez, un destacado jurista que me pidió que no dijera su nombre, pero que es docente de la Upoli, me aseveró que los espacios de libertad de expresión y política nunca se han cerrado. “Solo discursos que apelan a las emociones. Eso lo usamos en los juicios los abogados. Retórica. Eso usa la gente que adversa al Gobierno”, acotó.

En ese momento recordó las acusaciones de fraude electoral de un candidato presidencial que anduvo con un legajo de papeles diciendo que eran las pruebas, pero nunca las mostró. “Eso es la política tradición del desprestigio discursivo”. Y las recientes manifestaciones semanales que terminan en enfrentamientos develan las inicuas convicciones de quienes desean detentar la primera magistratura. No les importa el vandalismo.

Me recordó lo que dijo Weber en su conferencia sobre el ser político, cuando sentó las bases del análisis actitudinal de este: el individual, que se mancomuna con la religión o con ideas y creencias permanentes, abstractas y disociadas del inmediato quehacer colectivo –la derecha nicaragüense siempre ha pregonado sin vergüenza su apego al catolicismo–, que es una religión muy –pero muy- flexible y siempre le ha gustado estar ungiendo candidatos redentores (Pinochet es un caso muy esclarecedor); y el plural de ideas, para quien la moral es indisociable de la vida concreta, de lo social, de la eficacia, de la historia –antes de ganar las elecciones sin objeciones de ningún tipo–, la izquierda nacional tuvo que reinventarse a sí misma como insurrección democrática viable, cuya praxis no dependía de un rostro sin rostro, sino de la experiencia ganada y la circunstancia horizontal.

La lección de Weber es simple: las convicciones son ciegas e individuales, anhelan poder propio, riquezas personales como dé lugar, pasando sobre tragedias incluso –recuerdo el Mitch y se me vienen apellidos actuales-. La responsabilidad reflexiona, es colectiva, analiza el contexto y actúa –los índices macroeconómicos, alianzas empresarias, inversiones, desarrollo social, sería una excelente asignación de lectura-. Para estas elecciones ya no hay que dormirse nuevamente para soñar el progreso. 

Periodista y escritor
leslinicaragua@yahoo.com 

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