Mónica Zalaquett
  •   Managua, Nicaragua  |
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“Me llamo Alexander y tengo 21 años. Mi infancia no fue tan bonita. A los 2 años mi madre me dejó con mi padre, pero como él consumía bastante licor y no nos podía mantener el Ministerio de la Familia nos ingresó a mí y a mis cuatro hermanos a un centro reformatorio en la Isla de Ometepe.

Hasta la fecha no he vuelto a ver a mi madre y  mis hermanos y yo no sabemos nada de ella. Nunca supe las razones por las que nos abandonó, pero a pesar de todo la he perdonado y le doy gracias por haberme dado la vida. Sé que algún día el Señor me la va a poner de frente y le daré las gracias también por ese día.

Con mis hermanos pasamos doce años en el reformatorio. Allí nos trataron bien y nunca nos hizo falta nada, no sufrimos maltratos ni abusos. Recuerdo especialmente a un joven que nos cuidaba, porque era muy buena persona, nos trató superbien, nos sacaba a pasear, estudiaba con nosotros, nos llevaba a la clínica cuando nos enfermábamos. Un día antes de salir y venirme a Managua platiqué con él, le dije que una persona como él era difícil encontrar y le agradecí por todo lo que había hecho por nosotros en tantos años que nos cuidó.

Ahora viene lo más pesado que me ocurrió en la vida. Yo tenía 14 años y en Managua nos encontramos con mi padre, él nos pidió disculpas a todos y lo perdonamos, pero yo preferí irme a vivir donde unos tíos que siempre me apoyaron y que tenían bastantes comodidades. A pesar de que con ellos estaba bien, al  año me metí en una pandilla del barrio y empecé a consumir piedra, marihuana y licor. Me dediqué a asaltar a la gente que pasaba para seguir con mis vicios y aunque nunca herí a nadie, les causé traumas a varias personas. 

A raíz de eso caí preso como unas diez veces, una de ellas en La Modelo, pero salí cuatro meses después porque mis tíos y mi padre me apoyaron con un abogado. En esos momentos fue cuando dos sicólogas del Ceprev, que trabajaban en mi barrio, me invitaron a un taller y acepté participar. Para mí eso significó mucho, porque aprendí a controlar mi carácter violento y a perdonar, porque yo de palabra le había dicho a mi padre que lo perdonaba, pero en mi corazón sentía mucho rencor hacia él.

Lo más importante de todo es que aprendí a dejar de ser cruel conmigo mismo, porque a eso nos lleva el machismo. Yo antes creía que ser hombre era faltarle el respeto a los demás, sentirme más que los otros jóvenes, ofender a las mujeres en las calles y no sentir dignidad  por uno mismo. Yo aprendí eso de los otros chavalos en mi barrio y quería ser más “tuani” y poderoso que ellos, pero eso fue lo que me llevó a la cárcel.

A veces me dicen en el barrio “¡Uh, solo mate sos vos!”, “¡de qué te las tirás!” y cosas así, pero  eso ahora no me hace ningún daño. Antes hubiera reaccionado a trompones y patadas, pero en la actualidad no les doy importancia porque tengo una autoestima bien grande. Aprendí que el ser tranquilo no es cobardía sino una cualidad para ser mejor cada día, e invito a todos los jóvenes a que piensen bien las cosas antes de hacerlas, porque cuando nos precipitamos podemos terminar muertos o en la cárcel.

Desde que recibí el primer taller del Ceprev dejé de andar en la pandilla y de consumir drogas y licor. Fue un cambio bastante grande en mi vida, en realidad me cambió el mundo entero. Después dieron una beca para un curso de manejo, conseguí un trabajo como técnico dental y acabo de aprobar mi tercer año de secundaria. Antes en el barrio me miraban como ladrón, se me corrían y yo me sentía como un cero a la izquierda, pero ahora que no dependo de lo robado sino de lo que me gano con mi sudor, siento que tengo dignidad otra vez.

Desde hace un año tengo novia y pienso en grande con ella, quiero formar una familia, tener hijos y darles una educación con amor y cariño, para que no sufran lo que yo pasé en mi infancia. Es cierto que me cuidaron bien en el centro de Ometepe y estoy muy agradecido por ello, pero no tuve el calor de madre y padre y eso no lo puede compensar nada en la vida. 

*La autora recoge testimonios de personas que desean compartir sus experiencias de cambio.

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