Erick Aguirre
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Recuerdo exactamente el reproche con que me saludó Edwin Yllescas la primera vez que conversamos. No repetiré sus palabras. Hasta hoy, casi treinta años después, se me hace imposible imitar su estilo, su jerga particular que se confunde yendo y viniendo entre sus textos y conversaciones. 

Es un estilo ciertamente muy parecido al de un pistolero del viejo oeste: hablándote así, como un héroe de Sergio Leone, con una sonrisa medio ladeada arqueando el bigote y un resplandor ofídico en la mirada escudriñándote fugazmente, de arriba a abajo, mientras enciende un Windsor y te dice alguna cuidadosa grosería.

Era el reclamo de un hombre de poco más de cuarenta años a un muchacho de poco más de veinte que, como casi todos los reclamos de Edwin a los muchachos que conoció en el semanario La Crónica en los años ochenta, guardaba en el fondo de su mordacidad un llamado paternal para no dejarte hundir en la siempre espumeante marejada de la insensatez.

Empezaba mi primer día de trabajo en la redacción y Edwin me estaba encargando reclutar a otros jóvenes como yo: medio tontos, atolondrados o aturdidos por nuestras (si me permite Edwin utilizar uno de sus adjetivos preferidos) sonsas rebeldías personales.

Después de saludarme con aquel reproche entre amistoso y mordaz que se me quedó desde entonces dando vueltas en la memoria, me dijo que buscara “a esos muchachos amigos tuyos”, o al menos a quienes entre ellos quisieran, también como yo, aprovechar la necesidad de periodistas del recién fundado semanario. 

Creo que ni aquellos amigos míos (que en los ochenta también pululaban, igual que yo, por la redacción del suplemento Ventana en la Casa Fernando Gordillo) lo sabían. No sabían (ni yo tampoco lo sabía) que aquella manía, aquella competencia constante por disparar rápidamente los más irónicos, mordaces, vitriólicos y quemantes comentarios que cualquiera fuese capaz de producir en escasos segundos; fue desde los años sesenta una forma de defensa de la Generación Traicionada. 

A Edwin, Roberto Cuadra, Iván Uriarte, Beltrán Morales y Julio Cabrales, entre otros, les resultó siempre muy útil para curarse contra la sensiblería, para vacunarse contra la máscara, para borrar de sus actitudes cualquier dualidad, cursilería o simulación.

Y creo que desde entonces, a los que aparecimos y a los que siguieron y siguen apareciendo después de los traicionados, el estilo o la escuela que Edwin llama “del viejo oeste” nos enseñó y nos sigue enseñando a pensar, a decir y a escribir nuestras propias verdades.

Por eso recuerdo bien el reproche con que me saludó la primera vez que conversamos. Había leído él un artículo mío sobre Fernando Gordillo y las polémicas entre los grupos literarios de los años sesenta, vistos pretendidamente en perspectiva, en el que repetía yo el estribillo, entonces ineludible, de llamar reaccionarios a los traicionados.

Parafraseando a Beltrán, yo había escrito que los vanguardistas, ya muy mayores, les enseñaron a afilar crucifijos para matar comunistas. “Puras sandeces”, me dijo Edwin, y desde entonces empecé a darme cuenta que tenía razón: pensándolo bien –me dije por lo bajo–, en realidad es una sandez decir que los traicionados fueron reaccionarios. 

“Nuestra posición –ha dicho él mismo después–, era una mezcla de anarquismo, rebeldía, nihilismo, silencio, aislamiento, pérdida, soledad, desarraigo, ansiedad, delirio, desesperanza, fastidio, vacío, desencanto, neurastenia, cierta actitud contemplativa, cierto paganismo y, cómo no, cierto existencialismo camusiano… Nada de Sartre”.

A Edwin debo mi admiración por Guillermo Cabrera Infante, mi devoción por la poesía de Jaime Gil de Biedma, y haber conocido la obra de Marcel Schwob, la prosa crítica del poeta Wiston Hugh Auden y la invaluable enseñanza, por supuesto involuntaria, de descreer siempre de todo y de todos, especialmente de uno mismo.

Debo dejar fe en estas líneas de mi admiración por el estilo poético de Edwin Yllescas, por la irrefutable calidad de su poesía, así como por el estilo o la escuela del “viejo oeste” de los traicionados (que seguramente solo él y Roberto Cuadra dominaron a la perfección), y expresar mi modesto convencimiento de que, aun contra cualquier reproche, ha logrado pulir su obra con precisión magistral y, sobre todo, con mucha inteligencia.

* Escritor y periodista.

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