Lesli Nicaragua
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Cuánta razón tenía el poeta, cuando a los 22 años escribió estos versos finales de un poema en el que destaca un desánimo que raya en la tragedia. Acababa de publicar Azul… y poco antes sus Abrojos, de marcada tendencia romántica —y suicida—, básicamente exquisitos por su brevedad y sus imágenes sangrantes por un lado y sociales por el otro.

Visiones que lo acompañaron toda la vida porque esa fortuna que él profetizó que lo lloraría nunca pudo disfrutarla, pues desde pequeño, el pobre panida —Pan él mismo— sufrió de un adverso sino que más temprano que tarde lo marcó para siempre en su siquis y en su bolsillo. Lo que paradójicamente lo obligó a ser el mejor en las letras.

Y lo consiguió de una estupenda manera: estudiando primero, para abonarse de las más frescas —y también antiguas— ideas, para poder emprender el paso del mimetismo y posteriormente alcanzar esa plenitud estilística por la que es siempre aclamado.

(Y que ni todos los darianos, dariístas, darianistas, rubenianos, y no sé qué otros especímenes que existen y que se aprovechan aún de la fortuna del maestro, alcanzarán jamás. Hago este paréntesis porque leí hace unos días una ociosidad tremenda, una pequeña discusión por la designación de a saber qué otro ocioso se le ocurrió al proclamar a unos sabios y a otros aficionados con estos términos, que en sí parecen una asignación lexicográfica… sin ver, obviamente por una pequeña megalómana obstrucción, que lo importante es destacar al poeta y no al que lo estudia).

Para aproximarnos un poco a esa pequeña preparación se puede consultar, de Charles Watland, La formación literaria de Rubén Darío, en el que se hace acopio de las lecturas iniciales de Un Bardo Rei. Es impresionante lo que este tipo, que nunca piso una universidad, leyó y sabía —verdadero dariano en sí mismo— antes de los 20 años. Y se puede leer después la magnífica obra de Edelberto Torres, La dramática vida de Rubén Darío, la más autorizada biografía que nos desnuda al hombre, su obsesiva dipsomanía, su ego grande como él, y su triste, muy triste fortuna.

Bibliografía extensas hay sobre su obra y vida. De esas me empaparon dos sabios maestros de la UNAN-Managua que me impartieron literatura nicaragüense y Estudios rubendarianos —este sería un buen término—, y a los que siempre consulto en estas cuestiones darianas. Porque he descubierto que Rubén —nuestro paisano inevitable— debe estudiarse no como asignatura, sino toda la vida y sin ánimo de lucro ni de fama, y de esa manera honrarlo porque es verdaderamente nuestro orgullo.

Por eso son demasiado loables las acciones que el gobierno ha implementado para celebrar este centenario de su paso a la inmortalidad, al denominar este año con un verso suyo muy apropiado y concatenar muchas actividades literarias. Pero a la vez, debemos sentirnos verdaderos herederos de su máxima gloria, y por tanto leerlo, preferirlo a otros autores que sin Darío, no existieran. Esto me lo explicó hace muchos años mi maestro Roberto Aguilar, una vez que leí las poesías completas de Neruda y llegué preocupado a su oficina porque los versos del chileno me supieron a genialidad, entonces, con esa voz pausada de oráculo, me dijo: “No te preocupés, todos somos hijos de Darío”… He ahí la fortuna, Panida, que te llora, pero te reconoce.      

"Debemos sentirnos verdaderos herederos de su máxima gloria, y por tanto leerlo, preferirlo a otros autores que sin Darío, no existieran".

 

Periodista y escritor
leslinicaragua@yahoo.com

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