Carlos Andrés Pastrán Morales
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El árbol de la vida, el árbol nuestro, el árbol que formamos desde el nacimiento de la primera rama. Crecemos junto a él, y a medida que pasa el tiempo nos van marcando actos, personas y recuerdos, como señales escritas en los troncos.

Cada rama representa uno de nuestros logros, pero pueden significar también cualquiera de nuestros fracasos, y que a la vez estas metas cumplidas o falladas tienen consecuencias, como las hojas de nuestro árbol. Tratamos de remediar las cosas pero lo hecho, hecho está. Podemos cortar una rama, pero igual esta rama siempre será nuestra y nos quedará viendo fijamente, recordándonos el pasado que hace un tiempo debimos haber olvidado.

En un punto de nuestras vidas tenemos que dejar a los demás e irnos, a donde sea que nos vayamos cuando la muerte golpea la puerta de nuestra casa. Como cuando a un árbol le ha llegado la hora y se muere, solo quedan los frutos que ha dejado. Un árbol puede ser talado, igual que un hombre puede ser asesinado. Pero un árbol no puede suicidarse, porque no es cobarde, y aunque tenga falta de luz y de agua, siempre hace lo imposible para crecer a lo más alto y muere en el intento.

El hombre no, el hombre sin embargo busca otras maneras para la solución de sus problemas, y es ponerle fin definitivamente. Un árbol no puede hacerles daño a los demás, en cambio nosotros si, tal vez porque el camino de la vida nos ha llevado por otro rumbo o porque sentimos que debemos tomar esos atajos que más bien nos retrasan.

Puede que el árbol se parezca a nosotros en muchos aspectos, pero hay algo que no encaja en todo esto. Los árboles vienen al mundo para hacerlo vivir, y nosotros que nos parecemos a ellos, venimos al mundo para destruirlos, o sea que, de una manera lógica pero enredada, nos estamos matando a nosotros mismos, porque nosotros somos ese árbol que cae cada segundo en el mundo, son nuestros frutos los que caen.

Estamos terminando con nuestras propias metas, estamos quitando de nuestro camino los recuerdos que nos marcaron, somos aquellos que estamos acabando con el propósito del árbol, no los dejamos crecer, no los dejamos vivir, no los dejamos libres, todo por falsas ideas de antaño que hemos seguido erróneamente hasta la actualidad, y ahora que vemos nuestros frutos luego de haber acabado con una parte de nosotros a lo largo del tiempo, es cuando nos damos cuenta de qué en vez de hacer el bien hicimos el daño, estamos sufriendo nuestras consecuencias, y aun así, sabiendo que hemos estado estropeando todo, igual no hacemos nada.

Puede que haya tiempo de volver a poner verde nuestro mundo, pero puede que no si seguimos con esta actitud. No nos importa nada, solo el dinero. Ojalá el dinero actual naciera de los árboles para que todo mejorara, como se hacía en generaciones indígenas, imagínense la cantidad de árboles, todos se dedicarían al cultivo, pero lo demás factores de las sociedades serían un caos.

Espero que un día todos nos demos cuenta del daño que hemos hecho y que seguimos haciendo, quizás así llegamos a algún acuerdo.

Pero sucede otra cosa con los árboles que tampoco encaja, si nosotros desaparecemos y los árboles vuelven a surgir y no hay nadie que los destruya el mundo sería mucho mejor de lo que es ahora, pero si los árboles desaparecen, nos vamos a la tumba con ellos.

 

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