Francisco Javier Bautista Lara
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“El padre Dubón era santo en realidad de verdad. Aquí está el buen olor del ungüento” Azarías Pallais.

En memoria de mi hijo Juan José.

En enero se conmemora el nacimiento del más reconocido leonés de la historia: Rubén Darío.  Otro leonés, cuya grandeza no fue literaria ni estuvo en el escenario hispanoamericano, sino que, en silencio y pobreza, dejó una huella de sencillez que, más allá de que si se es creyente o no, no es posible olvidar.  Fue instrumento al servicio de los pobres. Me refiero al padre Mariano Dubón, recordado como lo llamó Santiago Argüello: “San Mariano de Nicaragua”. Nació el 12 de marzo de 1861, murió de cáncer con olor de santidad, después de una vida de fe, pobreza y entrega, el miércoles 17 de enero de 1934. Tuvo el entierro más grandioso, después del de Darío. Azarías Pallais, designado por el Obispo para hablar en sus funerales, expresó: “-Dime, y este Mariano Dubón -¿es hombre? -¡Sí, hombre! ¿Cristiano? ¡Sí, cristiano! ¿Sacerdote? ¡Sí, sacerdote! ¿Justo? ¡Sí, justo! ¿Humilde? ¡Sí, humilde! ¿Caritativo? ¡Sí, caritativo! ¿Paciente? ¡Sí, paciente! ¿Piadoso? ¡Sí, piadoso!...”.

Hijo de Liberato Dubón y Virginia Alonso, sobrina de Jerez. A los diez años ingresó al Colegio San Ignacio de los jesuitas (Matagalpa), pero ante la expulsión de la Compañía de Jesús, se trasladó a Ecuador, donde realizó carrera eclesiástica para regresar a Nicaragua con el clero diocesano.

Terminó estudios en la Universidad Gregoriana, estuvo en el Colegio Pío Latinoamericano, ordenado por el obispo Ulloa, celebró la primera misa en la iglesia San Felipe. La primera comunidad de Hermanos Cristianos de La Salle que llegó de Francia se estableció en León (1903), gracias a Dubón. Asumieron el Hospicio de Huérfanos San Juan de Dios, habilitado por el presbítero para alojar a huérfanos como internado y escuela de carpintería, zapatería y sastrería. Zelaya elogió la ejemplar obra de Dubón.

De temperamento noble y respetuoso, sencillo y fraterno, conciliador y comprometido, devoto y solidario, en la pobreza convivió entre los pobres. Maestro, consejero, de vasta formación. Asumió la administración de la Diócesis cuando el Obispo y otros sacerdotes fueron expulsados, gozaba de la confianza del clero, del respeto de las autoridades, de la simpatía de la gente y del afecto de los huérfanos y desposeídos a quienes ofreció el propósito de su vida. Sacerdote de una época que trascendió por su fuerza moral cultivada con compasión. Ocurrió el paso de un siglo a otro. El tiempo en el que le tocó ejercer su apostolado, el momento histórico en el que murió, estuvieron plagados de conflictos  nacionales y mundiales. Fue entre las dos grandes guerras que desolaron el mundo. A la confrontación bélica global e interna, los cambios necesarios e impuestos, las desigualdades y las exclusiones, se agregaba la sequía que agudizaba la miseria. Huérfanos y viudas, hombres inválidos deambulaban en las ciudades, se acumulaban traumas y resentimientos. Desde su modesta posición, asumiendo sus sacrificios,  ayudó en las dificultades comunes; impuso su ejemplo, ganó respeto sin contaminarse de halagos ni angustiarse por señalamientos malintencionados, entregó todo, sin nada para él.

El 18 de enero de 1934 recordaron su 77 natalicio; tres semanas después, el 18 aniversario de su muerte. El maestro de ceremonia en las honras fúnebres de Darío, celebradas en la Catedral el domingo 13 de febrero de 1916, fue el padre Mariano.

Somoza García asumió la jefatura de la Guardia Nacional (1932). El acuerdo de Paz entre el presidente Sacasa y Sandino fue el “alborear de la Paz”. En febrero de 1934, Sandino, al llegar a Managua sostuvo conferencia con Sacasa, participaron Somoza, Salvador Calderón, Salvatierra y Portocarrero. El miércoles 21 ocurrió a traición el asesinato. El Congreso decretó Estado de Sitio. Salvador Calderón publicó: Últimos días de Sandino. El episodio inició una dramática etapa en la historia nacional.

La solidaridad y la compasión sustentadas en la Misericordia caracterizaron al padre Dubón. Ante las incomprensiones e injusticias del mundo y en el entorno en el que existió, son las únicas capaces de sobreponer la fuerza de la caridad que sostiene el amor al egoísmo y la desesperanza. Dijo Pallais: “Era el padre Dubón una isla; no una isla de archipiélago, donde hay cerca otras islas; sino más adentro, una isla perdida en medio del mar. Una isla de las que no están en la geografía, donde todos hasta yo, podemos ser náufragos, desembarcar…”. Recordarlo, aprender de él, imitarlo en el camino a Cristo, es una necesidad personal y colectiva para no naufragar.

 

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