Orlando López-Selva
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El discurso sobre el Estado de la Unión que el presidente estadounidense Barack Obama pronunciara el martes 12 de enero, reveló, entre otras cosas, cierta ingenuidad.

El mandatario norteamericano intentó lucir optimista y dejó entrever cierta amargura. Lo interesante: aprendió mucho.

Lo perturbador: conoció y trató a tantos políticos decepcionantes.   

Pero dejó traslucir que la condición humana inexorable ha prevalecido cuando se debieron forjar alianzas, acuerdos entre los partidos y trabajar fuerte para buscar enfoques comunes. Sobre todo, que los políticos egoístas y sus actitudes más inveteradas siguen confirmando aquella sentencia de Richard Nixon: “La política es imperfecta porque los que la hacen son hombres imperfectos”.

Reveló que su llamado último para tratar de hacer un gobierno con acuerdos bipartidistas merecía una acometida más racional que emocional. Apeló al interés nacional, al patriotismo, a la grandeza de la nación norteamericana, a sus valores, al respeto que deberían tener los Estados Unidos, en todo el mundo, y al lugar que debe seguir ocupando como líder global.

Su declaración: “Es una de las pocas cosas de las que me lamento de mi presidencia, que el rencor y la sospecha entre los partidarios se han empeorado en vez de mejorarse”, revela que el novel senador por Illinois había llegado a la Casa Blanca, pensando que la inteligencia sola y las habilidades sociales le darían todo el poder mágico para prevalecer y lograr ser un incorruptible servidor público. Un bondadoso haciendo bien su papel no figura mucho.

¡Lástima!¿Verdad!?

Y aunque al convertirse en presidente, disponía, en su arsenal,  de una mayoría en la Cámara de Representantes, una alta popularidad y el reconocimiento por ser seguidor de los ideales de Martin Luther King,  no sabía aun, lo ruin y corruptible que era ese arte del poder, con sus influencias, competencias, vanidades, chantajes, extorsiones, golpes bajos y engaños.

Valga: no todo ese planeta tiene solo lados oscuros. También hay entrega, empatía, caridad, sacrificio, trabajo en equipo, y  nobles luchas, en callado paralelo.

¿Cuántas veces entramos a la política y su lado más oscuro nos amedrenta como si fuera fantasma? ¿Nos complace verle? ¿O la sensibilidad humana, apenas percibe el veneno tramposo de las tentaciones materiales, se rinde a cualquier propuesta desconcertante?

La paradoja: aunque los políticos prometan un paraíso (¡Y hay tantos que lo creen!), en sus rediles hay más artilugios y estratagemas comprables solamente en el pandemónium. El colmo: la gran mayoría cuando habla, se llena la boca citando textos bíblicos.

El presidente Obama abundó en citas dejà-vu:   “La democracia requiere de vínculos básicos, de confianza entre sus ciudadanos. No funciona si pensamos que la gente en desacuerdo con nosotros están motivados por la malicia, o que nuestros oponentes políticos no son patriotas”.

Obama vuelve a la carga, como queriendo decirnos que ya no se puede avanzar. ¿Y cuándo los que no están de acuerdo ceden, es porque les untan de recompensas abundantes para vigorizar sus débiles pasiones y enaltecer vanidades?

La política es la guerra por otros medios. ¿O el brillante ensayista, orador, abogado y congresista olvidó, por momentos, que todos los políticos creen inexorablemente ser pequeños dioses-desterrados que ofrecen paraísos terrenales?

La política no se escenifica en los foros. En realidad, se lucha en el campo de batalla. Por tanto, en la guerra todo vale, todo cuenta. Prevalecen la garra y el colmillo para conseguir un objetivo. Importa el fin. Nicolás Maquiavelo solo reveló lo que muchos no se habían atrevido a decir en 16 siglos.  

En otra de sus amargas anotaciones, el líder estadounidense asevera que “nuestra vida pública se marchita cuando tan solo las voces más extremas captan la atención”.

En la arena política deben caber todos --los más ruidosos, llamativos y estremecedores--. Esos hacen la noticia. Acá los medios tienen mediana complicidad. Y  para el escenario político, las arenas favorecen al que más insulta, al gritón, al  amenazador.

Escuchamos a un presidente estadounidense  al que --salvo en algunas políticas, se le pueden hacer cuestionamientos-- sí lo podemos tachar de hombre bueno. Pero asumimos que Barack Obama sí sabía a lo que se metía.

Siempre lo supo porque lo vivió, pero no quiso darse por vencido. Creyó, ingenuamente, que el mal (o lo que se cree serlo) puede ser vencido en el corto plazo.

¿Cómo desentrañar para siempre la cara luminosa y sublime de esa ciencia-arte llamado política? ¿O nos resignamos con la enseñanza de Maquiavelo?: No es en ese arte donde yace el mal, sino en los que lo ejercen.

 

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