Adolfo Miranda Sáenz
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Hemos escuchado que la Iglesia tiene una misión evangelizadora, pero, ¿qué significa evangelizar? La respuesta es sencilla: anunciar a los hombres y mujeres la buena noticia de la salvación. Y, ¿qué es la salvación? Recuerdo que mi buena maestra de catecismo de primera comunión me enseñó, con buena intención aunque poco acierto, que Dios nos creó para sufrir en este mundo y después gozar para siempre en el Cielo. Claro que al conocer mejor la doctrina cristiana y específicamente católica, aprendí que no es esa la voluntad de Dios. Es decir, Dios sí quiere que gocemos por siempre, pero no que suframos en la Tierra. La causa del sufrimiento es el pecado: todo aquello contra la voluntad de Dios que nos daña a nosotros mismos, a los demás y a toda la creación. Dios lo permite porque nos dio libertad, pero también se hizo hombre para redimirnos y salvarnos del pecado y sus consecuencias de sufrimiento y muerte, ofreciéndonos vida abundante y eterna.

La Iglesia anuncia la salvación de Jesucristo que no es solo para el alma después de la muerte, sino que desde ahora abarca la totalidad de nuestra existencia, de nuestro ser personal y a la vez de nuestro ser comunitario y social. La Iglesia mira hacia un humanismo pleno,  es decir, a la  liberación de todo lo que oprime a las personas y al desarrollo integral de toda la persona y de todas las personas (cuerpo y alma, individuo y sociedad).  Nuestra doctrina social traza los caminos que hay que recorrer para edificar una sociedad reconciliada y armonizada en la justicia y en el amor, que desde ahora nos anticipa de modo incipiente y prefigurado, “el cielo nuevo y la tierra nueva en lo que todo será justo y bueno” (2 Pedro 3.13).

Los primeros destinatarios de nuestra doctrina cristiana somos los miembros de la Iglesia: sacerdotes, religiosos y laicos; porque todos tenemos responsabilidades sociales que asumir. Nuestra doctrina social interpela las conciencias para conducirnos a reconocer y cumplir los deberes de justicia y de amor en la vida social. Esta enseñanza nos ilumina y reclama respuestas apropiadas según la vocación y el ministerio de cada cristiano. En las tareas de evangelización, es decir, de enseñanza, de catequesis, de formación, que la doctrina social de la Iglesia promueve, todo cristiano debe participar según los carismas y la misión propia de cada uno.

La doctrina social implica responsabilidades relativas a la construcción, la organización y el funcionamiento de la sociedad: obligaciones políticas, económicas, sociales, propias de los laicos más que de los sacerdotes y los religiosos. Estas responsabilidades competen a los laicos por nuestro estado de vida y nuestra vocación. Los laicos estamos “en el mundo”; o sea, participamos de la vida secular propia de quienes se desenvuelven en las condiciones ordinarias de vida familiar, laboral, social, económica y política. En nuestros propios ambientes donde nos desenvolvemos tenemos la responsabilidad de poner en práctica la enseñanza social de la Iglesia.

De esa responsabilidad que tenemos nos vienen nuestras obligaciones políticas, pues estamos llamados por Jesucristo a ser “luz del mundo y sal de la tierra” (Mateo 5.13 y 14), difundiendo el mensaje de salvación integral que implica edificar una sociedad reconciliada y armonizada en la justicia y en el amor, anunciando la salvación que implica la liberación de lo que oprime e impide el desarrollo integral de todo ser humano. Un desarrollo humano que no se puede lograr sin una acción política que transforme las estructuras de pecado y opresión en estructuras de amor y justicia; o sea, de salvación integral.

* Abogado, periodista y escritor.
www.adolfomirandasaenz.blogspot.com

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