Erick Aguirre
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En 1975 fue publicado por la editorial El pez y la serpiente el primer libro de poemas de Ana Ilce Gómez, Las ceremonias del silencio. Fue después de un largo y contenido silencio en el que permaneció su autora luego de que, años atrás, publicara en los diarios una serie de poemas breves y misteriosos.

La edición fue de quinientas copias y el volumen no fue reeditado sino hasta en 1988 por la editorial Vanguardia, con un tiraje de tres mil ejemplares. Una edición que lograba reivindicar el derecho del lector nicaragüense de acceder a la obra de una de nuestras mejores poetas contemporáneas.

En el 2014 otro libro de Ana Ilce, Poemas de lo humano cotidiano, ganó el Concurso Nacional de Poesía Escrita por Mujeres “Mariana Sansón Argüello”. Fue publicado ese mismo año por la Asociación Nicaragüense de Escritoras (Anide) y vino a ser la prolongación sostenida de una poética muy particular en nuestra literatura.

Antes de eso los versos de Ana Ilce eran algo así como la secreta posesión de un reducido círculo de poetas, amigos y algunos lectores entusiastas que pudieron encontrar en ellos una de las voces más personales de la poesía femenina nicaragüense.

Los poemas de ambos libros son breves, de una concentración al mismo tiempo acre y -como escribió Beltrán Morales parodiando a Rubén Darío- “melificante”; una concentración que calcina y funde a la realidad y a la palabra; pero de algún modo también las dulcifica. Son poemas que se nos muestran como atractivos misterios. Hermosos pero al mismo tiempo enigmáticos.

Su poesía parece simplemente estar ahí, como un mar en calma que se niega a revelar su profundidad. Al leerla nos percatamos de que, sin duda, estamos ante uno de los más importantes logros de la literatura nicaragüense del siglo veinte; lo que también Beltrán, y algunos de quienes hacen eco de sus boutades, se empeñarían en llamar “una gran obra en tono menor”.

Esa intimidad en sus poemas parece brotar de una intensa y profunda realidad personal. Su limpia factura, la austeridad y justicia de su expresión, son elementos que a primera vista permiten una fácil lectura. Sin embargo, pronto nos percatamos de que la facilidad no es una de las virtudes de esta poesía.

Aunque nutridos de instancias domésticas, a veces nimias, estos poemas abren constantemente la puerta de la costumbre y la cotidianidad para ponernos frente a frente con el misterio. Es poesía de asombros inesperados, de sorpresas inteligentes. Hay quienes la consideran el contrapunto preciso, necesario, de la potente y diversa obra de los más ambiciosos poetas masculinos nicaragüenses.

Ana Ilce parece conocer bien su propio mundo poético, y lo moldea con gozo, pero también con amargura; casi sin tocarlo, casi sin hablar, con un cuidado infinito. Cada detalle parece haber sido serenamente sopesado, cada poema parece trabajado con esmero. Sin duda son el producto de una ceremonia de silencio.

Notablemente madura, formalmente impecable, Ana Ilce consigue mostrarnos las penas y delicias del amor de una forma comedida, con alusiones simbólicas que hacen resplandecer de frescura sus imágenes.

Poeta solitaria, pero de idilios reales, cotidianos, las visiones de su poesía no son abstractas ni intelectuales, aunque sí inteligentes y espontáneas; lo cual da como fruto una obra armoniosa, fuerte y al mismo tiempo delicada, que habla del amor y sus desaires; de la pasión y sus terribles derrotas, o de sus triunfos más fugaces. Una pasión sin embargo oculta, tímida, deliberadamente esquiva, débil quizás, pero atrevida.

Se dice que en la soledad reside el núcleo de la modestia y el conocimiento de uno mismo. Y, a propósito de la huidiza personalidad de Ana Ilce, nada más oportuno a destacar que su solitariedad. Su modestia y sencillez hacen brotar de ella una poesía pura, desnuda en su humanidad.

Pese a su brevedad, una vez concluida la última página de cualquiera de sus libros nos queda al final la sensación de haber leído una gran obra. Sus versos tendrán siempre los más íntimos elementos de la sencillez y la concisión; signos de una capacidad muy peculiar para trazar sin dificultades una obra casi perfecta.

* Escritor y periodista.

 

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