Jorge Eduardo Arellano
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Autor fundamental de las letras nicaragüenses y mexicanas del siglo XX, Ernesto Mejía Sánchez (Masaya, Nicaragua 1923-Mérida, Yucatán, México, 1985) es también uno de los mayores poetas mallarmeanos (en la línea de Stéphane Mallarmé) de Hispanoamérica y acaso el hombre de letras más completo de Nicaragua. El único, al menos, que alcanzó un nivel transoceánico como crítico e investigador literario. Sin lograr obras de síntesis como Pedro Henríquez Ureña, dejó una extensa y dispersa producción erudita que abarca casi medio centenar de títulos entre libros, folletos, antologías y ediciones de y sobre epígonos de la poesía, la narrativa y el pensamiento en lengua española.

Sin ánimo de llenar varios párrafos de nombres, enumero los autores a quienes entregó sus principales afanes y desvelos: Bartolomé de las Casas, Gaspar García de Villagrá, el Príncipe de Esquilache (Francisco de Borja), Juan Francisco de Páramo y Cepeda, Marcelino Menéndez Pelayo, Miguel de Unamuno y Azorín, por citar siete españoles. Luego, a los hispanoamericanos --comenzando por los mexicanos-- Servando Teresa de Mier, Carlos María de Bustamante, Manuel Gutiérrez Nájera, Amado Nervo, Luis G. Urbina, Julio Torri y Alfonso Reyes; a los sudamericanos Andrés Bello, Juan Montalvo, Domingo Faustino Sarmiento, Rufino Blanco Fombona, Rómulo Gallegos y a los centroamericanos Rubén Darío y Salomón de la Selva. Finalmente, a los antillanos José Martí, Eugenio María Hostos, Pedro Henríquez Ureña y José Luis González. De todas estas veinticinco figuras capitales, despertaron su mayor interés Darío, Reyes y Martí, a quienes consagró acuciosas indagaciones.

Si bien inicialmente se formó en su país natal, aprovechando el magisterio de los maestros de la vanguardia y constituyendo con Carlos Martínez Rivas y Ernesto Cardenal la llamada “Generación del 40”, fue en la capital de México donde cursó su maestría en letras españolas, entregándose luego de lleno a labores filológicas y a la docencia en la UNAM. En la patria de Juárez vivió más de la mitad de su existencia y publicó la mayor parte de su producción literaria.

No en vano fue en México donde llevó a cabo la edición de la poesía y los cuentos completos de Rubén Darío, más diez volúmenes de las Obras completas de Alfonso Reyes. Asimismo, México le reconoció sus altos méritos con los premios Xavier Villaurrutia (1969) y Alfonso Reyes (1980). Este mismo año la editorial Joaquín Mortiz le publicó Recolección a medio día, obra reeditada en 1995 por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, de la cual procede la Antología poética que el Festival Internacional de la Poesía de Granada -dedicado a su memoria- publicará en febrero para ser presentada y distribuida.

Nicaragua no se quedó atrás en valorar la obra y la ética de Mejía Sánchez. En 1947 y 1950 ganó y compartió el Premio Nacional “Rubén Darío”, rama de poesía; en 1955 ingresó a la Academia Nicaragüense de la Lengua y en 1971 la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua le otorgó el doctorado honoris causa en humanidades. Posteriormente, el gobierno revolucionario de los años ochenta le nombró embajador en México y Argentina.

No obstante, su relación con Nicaragua resultó compleja y conflictiva. Así escribió: “Yo me alcé con mi amor contra toda tiranía, me robé una criatura,/ amada e imperfecta como la patria. Desde hoy/ en parte alguna soy extranjero. Yo la recibí/ opaca y deslucida, pero la frotaré con mi alma/ para que brille, para verme al fin como soy: / Sé que soy un mendigo, a los treinta años de mi edad. / Orgulloso como un mendigo, pobre pero libre” (“El extranjero”).

Volviendo a la Antología poética de Mejía Sánchez, consiste en una amplia muestra de su significativa obra poética, donde su autor se acredita como un ser ardido por el resplandor de la gracia o el desacato. Escogida, presentada y ordenada cronológicamente por Julio Valle-Castillo, confirma a un musageta perteneciente a la estirpe de quienes se han asomado, sin miedo y con honradez, a las zonas más turbias de la conciencia, para extraer de sus aguas ondulantes y tenebrosas el testimonio de una honda revelación. 

Más aún: guiado por el afán de penetrar con lucidez en los enigmas del mundo, no intenta establecer la tranquilidad de una verdad oficial, oficiosa, consagrada o establecida. Su motivación es otra: el ejercicio supremo de la inteligencia, no exenta de humor, para constituirse en un poeta auténtico, original e intenso. Vivo y vigente. 

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