Lesli Nicaragua
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Con mucha pena ha pasado por los cines del país Spotlight, una película que la crítica ha premiado mayúsculamente como la mejor cinta y cuyo arco narrativo, seco, casi lineal y uniforme, se centra en el proceso investigativo que hizo un equipo periodístico del Boston Globe en 2001 para develar un secreto que todos sabían en esa tan carismática como rancia sociedad conservadora bostoniana: “Los curas están violando a los niños en la trastienda de sus iglesias”.

Acostumbrado a no esperar demasiado de Hollywood, y con dos caras conocidas por trabajar como superhéroe uno y en comedias la otra, me acerqué deseando sacar la menor plusvalía a las entradas que dos amigas, también periodistas, me obsequiaron. De entrada, la sala casi vacía, con apenas 13 personas, todas adultas -dos desertarían minutos después cuando la trama avisaba apenas su poso de catolicismo podrido- me evidenció la falta de gusto adquirido de nuestra sociedad.

He de confesar que pocas películas absorben tanto como esta. Con un inicio brusco, parco y sin más diálogo que el de dos oficiales en una estación de policía: -Ese es el abogado para el juicio del sacerdote -dice uno. Y el otro le responde: -¿Cuál juicio? Impresionante el indicio narrativo a la vez que la cámara hace un paneo por las oficinas de la gendarmería: la sala de espera, el pasillo y una oficina donde una señora está con sus dos hijos que  acaban de ser violados por un cura. Allí, otro cura la convence de no denunciar el hecho, se pone de pie y se larga en un auto negro, en una noche cuya oscuridad es acentuada por unas luminarias casi sin eco lumínico.

En ese instante, una pareja de adultos sale bruscamente de la sala. Al parecer, la verdad, que se cocina a fuego lento, no les apeteció. Porque ni siquiera le dieron el tiempo a la película de provocarlos con sus detalles que ponen en tela de juicio las creencias sobre este tema del que todos, señores, todos lo sabemos, incluso hoy. La pederastia sigue existiendo en esos lobos como corderos.

Pasa que no nos dejamos el tiempo de investigar un poco, de ver más, preferimos creer tanto en religión que no notamos lo humano que son quienes la detentan, y máxime cuando a estas personas se les obliga a ser célibes, una condición contra natural y antibíblica. Y entonces se presenta la atrofia  sexual en ellos. De esto se dio cuenta en la película el nuevo editor jefe del periódico, que insistió en investigar una denuncia que la falta de olfato periodístico de los reporteros viejos miró como una anécdota de barrio. El tipo dio una lección de genética periodística cuando solo preguntó: “¿Estamos seguros de que este ha sido el único sacerdote que abusó de un niño en la diócesis de nuestra ciudad?»  

Para este momento se desata una elástica batalla por conseguir la información. Una lucha contra la omertá bostoniana de mantener el caldo cultivo pedófilo bajo la alfombra de entrada de las bellas iglesias donde el Señor acogía sus rezos.  Se constata, con aturdimiento, que todos lo sabían, la justicia e incluso ejecutivos de la prensa local, pero nadie quiso enfrentarse a la iglesia, que también sabía lo que los curas escondían bajo su sotana. Pero cuando están a punto de publicar la historia, validada por un excura atrofiado y un abogado con muchas gónadas, el ataque a las torres gemelas detiene el tema y lo cambia por este nuevo tópico bélico.

La falta de ese romanticismo que envuelve a toda cinta de periodismo que he visto se ve más que suplida por la fiel reproducción de estos hechos reales que le valieron la renuncia al cardenal de Boston e incluso, una veda total a los cardenales que se presentaron al cónclave en que fue electo Francisco el jesuita. Impresionante los relatos de las víctimas, pero las lágrimas se me salieron a borbotones –no es malo llorar de conmoción- cuando Mark Ruffalo se enoja, porque el editor de Spotligth le pide que espere la noticia, pero aquel quiere que se destape todo para evitar que se siga con esta pedofilia, y más cuando Rachel McAdams le presenta el diario a su abuela antes de que salga impreso al día siguiente. Entonces me regresé –tan solo como me fui- con esa pregunta en eco en mi cabeza: ¿Estamos seguros de que este ha sido el único sacerdote que abusó de un niño en la diócesis de “nuestra ciudad”?  

*Periodista y escritor
leslinicaragua@yahoo.com

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