Mónica Zalaquett*
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“Me llamo Antonio y tengo 25 años. Mi padre abandonó a mi madre cuando yo tenía dos años y regresó cuando tenía cuatro. Mi madre quedó embarazada de mi hermana y él se fue de nuevo y lo volví a ver hasta que yo tenía 22 años, pero fue mejor así porque consumía drogas y alcohol y golpeaba a mi madre delante de todos mis hermanos.

Mi madre trabajaba de doméstica y nosotros quedábamos a cargo de los hermanos mayores. Cuando nos quedábamos solos nos íbamos a la calle y por esa situación desde los 12 años me integré a una pandilla de chavalos y me dediqué a beber con ellos, a consumir marihuana y a buscar pleitos. Mi madre me llegaba a traer de las esquinas y yo no le hacía caso ni me importaba lo que me dijera.

Cuando tenía trece años llegó el Ceprev a mi barrio y las sicólogas comenzaron a darnos charlas y a invitarnos a los talleres, pero yo solo pensaba en mi vagancia y tampoco les hacía caso. Ellas insistieron y a medida que fui creciendo, me empezó a dar pena estar de vago en las esquinas.  Entonces comencé a ir más seguido a los talleres y ya lo que decían me quedaba en la mente y empecé a recapacitar y a llevarme bien con los familiares y los vecinos.

Pero más adelante, hubo un pleito en mi barrio que dejó a tres jóvenes baleados, y a raíz de eso me arrestaron y estuve seis meses en la Modelo, aunque yo ya había cambiado y no tuve que ver con los disparos. Me sentía mal y le decía a la Policía “¿Por qué me llevan detenido ahora que no ando en vagancias?”. Estando preso tuve un dolor grande porque falleció mi madre y no pude asistir a su vela ni a su entierro. Me puse descontrolado por la desesperación y me tuvieron que dar un calmante. Me sentía muy culpable, porque a raíz de que me detuvieron mi madre empezó a enfermarse, no quería comer y creo que el sufrimiento terminó matándola.

Salí de la cárcel pronto porque nadie se presentó a acusarme en el juicio, y decidí alejarme de mis amigos que seguían en las pandillas, porque no tenía a mi madre ni a nadie que me apoyara. En el Ceprev me siguieron atendiendo las sicólogas y eso me ayudó a dejar el alcohol y las drogas. Estuve asistiendo a una iglesia y allí conocí a una muchacha que ahora es mi pareja, y con la que tengo una niña de dos años y unos gemelitos de 20 días.

Hace tres años me encontré a mi padre. Yo trabajaba en una empresa como ayudante de camión y cuando iba a tomar el bus en la parada, pregunté por él a un señor que lo conocía y me llevó a un tramo que él tenía en el Oriental como fontanero. Yo lo saludé y él se sorprendió porque al inicio no me reconoció. Me dijo que me había olvidado de él y yo le respondí “el que se olvidó fue usted”. Después empezamos a vernos cada quince días y platicábamos de todo, pero en una ocasión quiso culpar a mi madre por no habernos puesto su apellido y entonces preferí no seguir visitándolo.

Ahora yo entiendo que el machismo destruye la vida de los hombres, como le pasó a mi padre que destruyó a su familia y de viejo se ha quedado solo. No pienso seguir ese ejemplo, porque vi cuánto sufrió mi madre cuando tuvo que apartarse de él por su seguridad. No quiero que mis hijos me rechacen cuando crezcan sino que quiero estar siempre a la par de ellos. Por eso soy diferente de mi padre con mi familia, soy responsable y cariñoso, no consumo alcohol ni maltrato a mi compañera, ni pienso dejar nunca a mis hijos tirados.

En los últimos años me he dedicado a trabajar para mantener a mi familia. Y aunque tengo el récord manchado, consigo distintos rumbos como reparación de aires acondicionados y refrigeradoras, mecánico de motos y lo que vaya saliendo. En el Ceprev me dieron una beca para aprender a conducir y más adelante pienso pagar un abogado para limpiar mi récord y encontrar un trabajo fijo”.

*La autora recoge testimonios de personas que desean compartir sus experiencias de cambio.

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