Óscar Gómez
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Ya hace décadas que la industria del cine supo aprovechar el filón de la psicosis y crear un nuevo género: el de las historias de epidemias incontrolables que se extienden vertiginosamente por el planeta, sin que sea posible atajarlas. En los guiones de esas películas, en las que siempre aparece un héroe que demuestra su inmunidad a la enfermedad, y que se convierte en pieza clave para la generación de una vacuna que acaba salvando a lo que queda de una diezmada humanidad. También son frecuentes los científicos que se convierten en mártires de una causa noble, sobreexponiéndose a la fuente de infección. Y otros giros de la historia que acaban por dejarnos clavados ante la pantalla, y sugestionados durante un par de días, explorándonos la piel y los ganglios, extremando hasta el absurdo las precauciones ante una amenaza invisible.

Pero el verdadero motivo por el que el cine de pandemias ha conseguido su lugar en el complejo mundo del entretenimiento es porque refleja patrones de conducta basados en la psicosis,  perfectamente reconocibles. 

Vivimos un tiempo amedrentados por una fiebre porcina, una gripe aviar y una crisis de las vacas locas. Términos como encefalopatía espongiforme, coronavirus, o hasta denominaciones de laboratorio como influenza A, SARS o H1N1 tuvieron semanas de gloria, formando parte del vocabulario en las conversaciones familiares, inspiradas por unos noticieros encabezados por la crónica del apocalipsis. Nadie que no pertenezca al ámbito científico sabría hoy decir sin temor a equivocarse que tal nomenclatura correspondía a tal enfermedad. Hagan la prueba.

Pero lo realmente dramático del asunto, al margen de las frivolidades que he querido caricaturizar con toda la intención de ridiculizar a quienes pertenecemos a la sociedad del bienestar, es que todas estas modas que nos lanzan a las farmacias o a los hospitales imbuidos de un miedo tan fundado como exagerado, no son pasajeras en los rincones del planeta en los que sí cuestan vidas, y acaban con familias enteras, con aldeas enteras, con generaciones enteras. 

Ahora toca hablar del virus zika. Y pasará. Como el ébola. Y nadie se acordará entonces de quienes llevan más de sesenta años conviviendo con la enfermedad en el territorio de Uganda que precisamente da nombre a una enfermedad que guarda similitudes con el dengue o con la fiebre amarilla, capaces de matar. 

Mientras alimentamos enrevesadas y novelescas teorías de la conspiración que implicarían a una supuestamente despiadada industria farmacéutica y a innobles mandatarios del mundo libre y desarrollado, las repercusiones derivadas de una estúpida aprensión, y que agravan la pobreza de los más desvalidos son ya una realidad. El impacto económico sobre poblaciones que dejan de recibir turistas y de poder vender sus productos artesanales consigue que se incremente la exposición a las condiciones insalubres que favorecen el desarrollo de las enfermedades. Allí no hay repelentes de insectos. Ni agua embotellada. Ni mascarillas. Ni analgésicos o neutralizadores de vectores virales. Allí no hay más que una miseria subrayada por la alarma desproporcionada.

Cuando al final del año repasemos la crónica informativa, el zika que hoy ocupa primeras planas será un vago recuerdo para los lectores de periódicos. Sin embargo, en los lugares más pobres del continente africano, del sureste asiático o de las selvas americanas, los niños seguirán naciendo con las malformaciones provocadas por picaduras de mosquitos que anidan en charcas de agua podrida, que es la misma que beben y que les expone a otros males de la pobreza a la que han sido condenados a perpetuidad. Y para eso no hay género cinematográfico.

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