Orlando López-Selva
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El viernes 15 de enero el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, presentó su informe anual ante la Asamblea Nacional. Los diputados de oposición le oyeron como se debía y respetaron su tiempo. Igual sucedió en la réplica que dio el presidente del Legislativo, Henry Ramos Allup.

Ese gesto fue hermoso y patriótico. Los que se adversan pudieron oírse, criticarse y sentarse juntos. ¿Por qué no repetir  estas buenas prácticas?  

Venezuela vive una crisis existencial. Pero lo grave no es la carestía de la vida, la fragilidad democrática o los conflictos políticos internos, sino la intolerancia predominante entre venezolanos.  

La situación es difícil en un país que ha vivido por 16 años deteriorando su estatus: alta criminalidad, odio político,  impunidad, pobreza creciente (¡Lo dice el informe de Cepal!), desabastecimiento general, inflación galopante. ¡Y todo in crescendo! 

¿Seguirá destruyéndose más Venezuela? 

A partir de 2016 una nueva bancada opositora, la Mesa de Unidad Democrática (MUD), lidera la mayoría de la Asamblea Nacional con 107 diputados, frente a una minoría de 49 representantes del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV).

Así, la Presidencia en manos del PSUV y la Asamblea Nacional en manos del (MUD), presentan la mejor oportunidad para  resolver la creciente crisis nacional. Si las protestas ya colmaron las calles (¡Lamentablemente ha habido tantos presos, heridos y muertos!), ahora los diálogos entre poderes deberían copar los foros institucionales.  

Para la oposición, el problema yace en el modelo socialista que se quiere implantar, que no permite crear ni administrar bien la riqueza. Por eso la economía es un desastre galopante. Chávez repartió bien la riqueza heredada de los gobiernos “corruptos” copeianos y adecos. Y la riqueza se sigue dilapidando. 

Veamos algunos indicadores. El PIB del 2015 decreció en -7; la inflación 141%; el déficit público es del 20% del PIB; el índice de escasez  del 87%. Y el precio de petróleo, que en enero del 2014 era de 95.07 dólares el barril, hoy está en 24.38 dólares.

Paralelamente, la producción de petróleo ha bajado en más de un millón de barriles diario. Las transnacionales “imperialistas” producían más y proveían los repuestos que hoy no se pueden comprar en el mercado.

¿En vez de confiscar a las transnacionales, no era más inteligente reconvenir contratos más justos?

Agreguemos: el gobierno del presidente Maduro nombró a un joven socialista como ministro de economía. (¡Equivaldría a poner a un payaso a dirigir un funeral!). 

Es lamentable ver a los extremistas plantear soluciones despotricando su resentimiento de clase, odio hacia el capitalismo, y actuando como si el erario fuera un botín compensatorio de injusticias sociales. (Tampoco apruebo que los privilegiados desprecien a los menos pudientes o de diverso tinte genético). ¡Cualquier desprecio es arrogante!  

Y si no se puede crear riqueza, ¿cómo se resolverán los problemas materiales de los que se piensa sacar de la miseria?

Toda caridad necesita donantes y donaciones. El mundo no vive de idealismos. 

¿Qué cosa diferente hacen lo revolucionarios que, entronizándose en el poder, acumulan riquezas y se vuelven intolerantes con los opositores?

¿Se remedia algo, haciendo el mismo mal criticado antes?

Las injusticias se resuelven demostrando ser justos, no aniquilando a los injustos. 

En Venezuela tienen cabida todos los sectores: desde las más altas esferas de FEDECAMARAS hasta los más excluidos de Amazonas o Apure. 

¿Por qué los ciudadanos de nuestros países cuando divergen  ideológicamente se convierten en enemigos a muerte?

La democracia no es un filtro. La democracia es un dosel  inmenso que cubre indiscriminadamente. Y si antes, los partidos tradicionales: Democracia Cristiana (AD) y  Socialdemócratas (COPEI), excluyeron a miles de venezolanos, hoy deben cambiar para siempre esas actitudes.   

Hay que desandar caminos antagónicos para seguir una ruta nacional. El que etiqueta, se prejuicia; el que descarta al opositor, tiraniza; el que desatiende al pequeño, abandona el iluminado altar de su patria para vivir atado a las paredes de una cueva (¡la metáfora platónica!).   

Nadie converge en todo. Las desigualdades son naturales. Así,  cuando los partidos fallan, la democracia oportunamente suple. 

Simón Bolívar no puede ser una figura lilipútica  de unos pocos, porque sí así lo ven los que lo abanderan, lo empequeñecen al convertirlo en un santo provinciano y monocromático. Bolívar trascendió  castas, creencias sociales y su propio entorno geográfico.  

Los venezolanos son lo suficientemente inteligentes para no atorarse en sus prejuicios partidarios. Si persisten en las ataduras al muelle, nunca avanzará el bote.   

Un país sin instituciones, leyes, democracia; endeudado, empobrecido, y en revueltas, solo desembocaría en caos.  

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