Jorge Eduardo Arellano
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Vale la pena evocar la iniciativa de Pablo Antonio Cuadra en La Prensa Literaria del 15 de noviembre de 1964: una encuesta a intelectuales y personas cultas para configurar una lista de libros básicos que debería leer todo nicaragüense. Edwin Yllescas y yo fuimos escogidos para representar a la última generación. Cabrales, Coronel Urtecho y el propio Pablo Antonio encabezaban las respuestas, seguidos por el rector de la Universidad Centroamericana, León Pallais, el médico neuropsiquiatra Rafael Gutiérrez, María Teresa Sánchez, Ernesto Cardenal, Fernando Silva; por el radiólogo Carlos Alberto Marín, el director de la Biblioteca Nacional, Eduardo Zepeda-Henríquez y la directora del Teatro Experimental de Managua, Gladys Ramírez de Espinosa.

Las obras más seleccionadas fueron en este orden: La Biblia, La divina comedia, El Quijote, Hamlet y Cantos de vida y esperanza; yo incluí en mi lista La Ilíada y La odisea, Metafísica, de Aristóteles; el Simposium, de Platón; más tres obras claves de la literatura contemporánea de Nicaragua: La insurrección solitaria (1953), de Carlos Martínez Rivas; Rápido tránsito (1954), de José Coronel Urtecho; y Poemas de un joven (1962), de Joaquín Pasos: mis lecturas de cabecera. Por su lado, Yllescas eligió Odas, de Confucio; Soledades, de Luis de Góngora y Argote; Elegías del Duino, de Rainer María Rilke; Cantos Pisanos, de Ezra Pound; Memorias desde el subterráneo, de Fedor Dostoievski; y La metamorfosis, de Franz Kafka. Evidentemente, mi selección era más humanista y nicaragüense y la de Yllescas privilegiaba lo moderno y la poesía.

La encuesta preguntaba cuáles serían los libros que uno escogería si nos tocara llevar tan solo diez, debido a alguna “catástrofe mundial”, posibilidad entonces cada vez menos improbable ante la amenaza nuclear de las dos superpotencias, identificadas por Tomas Merton a través de los personajes bíblicos de Gog y Magog.

En cuanto a la respuesta de Zepeda-Henríquez, fue la siguiente: “Creo que las lecturas válidas para el nicaragüense tienen que ser las de dimensión universal. Y creo más que dichos libros no pueden buscarse entre los de cerrada especialización, como sería un tratado de economía y de medicina —por mucha trascendencia que se le concediera— sino entre aquellos que expresan, en lo posible, la máxima dimensión humana. Tampoco servirían al propósito de rehacer la cultura, las obras esencialmente críticas, porque no se trata de salir de una crisis; se trata de crear.

Por eso he acudido a los clásicos, que son, en lo literario, los puramente creadores —poetas—, los únicos modelos de humanidad, los más modernos y los menos leídos por nuestra juventud. He aquí, pues, mi “decálogo”: 1. La Biblia: suma total de la sabiduría divina y humana. 2. La Ilíada, de Homero: biblia del paganismo; “teología civil” y cosmogonía del mundo clásico; testimonio ejemplar de la sociedad griega en su mayor originalidad, y arquetipo literario. 3. El banquete, de Platón, y la Metafísica, de Aristóteles: polos del pensamiento filosófico, y raíces del arte y de la ciencia occidentales. 5. La divina comedia, de Dante: el más grande poema cristiano, y —sin que desmerezcan sus vaticinios o su simbología precursora del Renacimiento— resumen de las concepciones y de la política de la Edad Media.

6. El Quijote, de Cervantes: el más universal de los mitos literarios, y espejo integral de la naturaleza humana. 7. Hamlet, de Shakespeare: punto máximo de perfección de la tragedia clásica, y viva imagen de la duda universal, ante y postcartesiana. 8. Ejercicios, de San Ignacio de Loyola: la más eficaz calistenia del espíritu; el mejor manual de alta teología mística y de profundo análisis psicológico, y motor de unidad esencial de la civilización cristiana. 9. Fausto, de Goethe: símbolo de la inconformidad, de la rebeldía; que puede serlo de la libertad humana y de toda forma legítima de independencia en el mundo; pero que, por la vía romántica, se vuelve también símbolo del orgullo arcangélico; y 10. Historia de Roma, de Theodor Mommsen: Roma es la única nación ejemplar, porque es la única que nos muestra su curso histórico. Pero el pueblo romano es un pueblo de pura acción, es decir, que solo puede conocerse por la narración de sus hechos y ningún romano penetró en estos igual que Mommsen.

Permíteme, Pablo Antonio, que alargue la lista a once libros, para incluir a un lírico puro: San Juan de la Cruz, en gracia a mi condición de poeta.”

 

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