Orlando López-Selva
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Vi por televisión la comparecencia, desde Des Moines, Iowa, de los candidatos nominados para la presidencia de Estados Unidos, por el partido demócrata. Un ejercicio pedagógico de libertad y acercamiento de los candidatos con algunos ciudadanos.

¿Cuándo veremos algo parecido en Rusia, Corea del Norte o Cuba?

El punto es que los tres candidatos: Hillary Clinton, Martin O´Malley y Bernie Sanders tuvieron otra oportunidad para presentarse ante un público ansioso de oírles y conocerles más.  

Me formé (¿o tal vez sigo prejuiciado?) una opinión acerca de ellos. Y, personalmente, trato de informarme lo más que pueda siguiéndolos por los medios.  

Definitivamente, el candidato O´Malley no me impresionó, en absoluto. Y muy a pesar de tener una buena carrera como alcalde de Baltimore y gobernador de Maryland. Su discurso estaba lleno de tantas frases enlatadas, que los políticos memorizan al entrar a la arena sangrienta, para impresionar por la precisión con la que hablan, la buena dicción y esa serenidad calculada, como para decirnos que todo lo tienen bajo control. ¿Quién pudo creerle algo?

¿Otro más del taller de la vanidad?

El ejercicio de escuchar a los políticos para aprender cómo abordan los problemas, responden y establecen sus posiciones, es interesante e ilustrativo.

La señora Rodham-Clinton me pareció una candidata impresionante. Ella sí es una política pulida, entregada a su vocación, dramática, astuta, leída, experimentada, entrenada, sagaz, inintimidable. La vi muy apropiada de su papel y sus poses. Se desplazaba por el escenario como una mariposa de alas doradas, con mucho incienso adormecedor en sus extremidades; incómoda pero desafiada por las preguntas; inquieta con la lumbre de las miradas inquisidoras, como diciéndonos que ella sí tiene clase; es de estirpe y talentos para el espectáculo en podios, atriles, tarimas. Su lenguaje era impecable, culto, refinado, académico. Intentó ser graciosa, empática; en otras, dramática. Todo lo explicó con fluidez y cultivación (¡No es para menos: esposa de Bill, maestro de escapes, dueño de herramientas invisibles, seductoras pócimas, subterfugios y tácticas sacadas de un bombín!).

Todas las preguntas las contestó con sobrada maestría; aunque  sabemos que en el fondo se jactaba de su ética cuestionable. Su discurso  de abogada-política --pulido en escenarios y foros globales; codeada con líderes mundiales-- le dejaron esa práctica oportuna de cuando-apretar-qué-teclas para poder ser más astuta que honesta.

A la señora Hillary le costaba mucho no comenzar todas las frases con un “yo”. Y desde luego sus “logros y experiencias”, no eran el producto de su equipo sino de su propio liderazgo y gerencia en todo lo que ella emprendió.

Una maestra audaz del éxito político, en campañas.

Se vendió bien. Aunque su ropaje y máscara eran puestos y removidos con cada situación embarazosa que ella supo sortear. Demostró ser una alumna aventajada de un clan que sentó precedentes en el arte de la política dramática y el racionalismo persuasivo.

Para mí, doña Hillary impresionó por sus poses. Su afectación le impidió ser genuina. Fue hábil. Estudiada. Se movió por el escenario más como queriendo encantar y cautivar al público, que con ánimo de mostrar el verdadero interés de servir o ayudar a los que comparten sus ideales.

El señor Bernie Sanders (carpintero, periodista y senador) mostró no ser político de escenarios. Pero estoy seguro que fue sincero, valiente y con el sentido de desprendimiento que parecen tener sus causas.

Sanders nunca hizo gala de astucia, sagacidad o falsedad. Su palabra preferida fue “juicio”, para no ser arrogante, y decir “sabiduría”.

Sin dudas, le faltó el academicismo pulidor. Pero trató de responder lo que él creía era el socialismo; sobre todo en una sociedad norteamericana tan orgullosa de su capitalismo. ¡El lugar equivocado!

Valoro a las gentes que exponen sus ideas sin temor al qué-dirán. Sobre todo, sabiendo que este esfuerzo que él hace es un intento postrero de un hombre mayor, sencillo, sin gracia fotogénica ni glamour que le venda como político arrogante, intempestivo o frío y calculador.

No comparto algunas ideas de Sanders. (¡Eso no importa!). Pero sí estoy muy seguro que dejó una buena impresión.

La suerte le puede ayudar. Seguramente el establishment está muy amedrentado por sus  mensajes. Los macartyanos lo verán como embaucador comunista. La señora Clinton lo debe ver como piedra en sus sandalias.

A su edad, pocos hombres mentirían; su sentido de justicia me pareció noble y desarropado. Es un judío sin vocación de riquezas y quiere mostrarnos que él puede hacer el bien, aunque su lucha sea quijotesca.

 

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