Erick Aguirre
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El Dr. Norberto Herrera Zúniga, rector-fundador de la Universidad Politécnica de Nicaragua (Upoli), abogado y educador; miembro descollante de la comunidad Bautista de Nicaragua; ha publicado un libro extenso, lleno de lo que él llama vivencias y titulado precisamente "Vale la pena vivir".

Lo ha editado en dos volúmenes: el primero (2010) subtitulado con la frase “Yo soy lo que he sido y lo que seré”, y el segundo (2015) con la enunciación de uso paratextual “Conversaciones en La Conquista”, alusiva a los diálogos ficcionales incluidos en el libro y al lugar donde los entablan el general José Santos Zelaya, el general Benjamín Zeledón, y sus ancestros Dr. Alejandro Zúniga Castillo y general Camilo Zúniga Castillo.

El título es, en mi opinión, una especie de afirmación del conjunto de intermitentes o eventuales momentos felices que se entrecruzan con el continuo e invariable sintagma de lucha, esfuerzo y frecuentes sinsabores que conforman la vida de los seres humanos. 

Vuelvo al primer subtítulo porque me parece una forma de autodefinirse como autor en su propia o pretendida coherencia, y al mismo tiempo un doble reconocimiento quizás metafísico de la función memorística: el de la permanencia confluyente del pasado y el futuro en el siempre efímero, elusivo y cambiante presente.  

Las tres formas del tiempo (la totalidad del tiempo humano) son a la larga evanescentes; solo son tangibles a través de las eventuales traiciones y aciertos de que pueda ser capaz la memoria, o de la sistematización no siempre exacta o certera de la Historia como disciplina de la ciencia.

Este libro redunda en el intento de toda auténtica obra literaria por fundir, conciliar o integrar de algún modo a esas dos hermanas enemigas o casi siempre discordantes llamadas Historia y Memoria. El resultado trasciende tanto lo cotidiano como lo histórico, a través de la ejecución literaria de una indagación intrahistórica: el uso de la habilidad escritural y cierto protagonismo para tratar de fijar en el tiempo todo aquello que es considerado meritorio o perdurable en el contexto de una vida.

El primer volumen abarca las raíces genealógicas del autor, la evocación entrañable del barrio Los Ángeles (sacudido por terremotos y paulatinamente devorado por el monstruoso mercado Oriental) y los recuerdos de la masacre estudiantil del 23 de julio de 1959 en León, durante la cual el autor resultó herido.

También incluye los prolegómenos que desembocaron en la histórica fundación de la Upoli; el protagonismo del autor como editor y activo miembro de la comunidad Bautista de Nicaragua; su fervor por el béisbol, la música y la radio; además de su trabajo como articulista junto a otras anécdotas vinculadas a la 
historia del país.

El segundo volumen es, como bien apunta Jorge Eduardo Arellano, continuación necesaria del primero. Inicia con el diálogo (o más bien coloquio) ficcional de los cuatro personajes ya referidos: Zelaya, Zeledón y sus dos ancestros; sigue con la historia de la Upoli y sus ya añejos servicios a la comunidad; en la que entremezcla con habilidad narrativa sus vivencias personales y el contexto histórico nacional; hasta concluir con otra selección de sus escritos y una galería denominada “Vivencias visuales”.

Prologado por importantes escritores como Arellano, Tünnermann y Rothschuh Villanueva; incluso hasta comentado por el heterodoxo Freddy Quesada; no tengo mucho que agregar a los encomios y observaciones prodigados a este libro. Sí quiero detenerme en el gesto de modestia del autor, observado con pertinencia por Tünnermann; al llamar a su texto Vivencias y no Memorias o Autobiografía; pues estas “las escriben los personajes célebres y quienes tienen importancia”.

Por dos razones este libro no es una autobiografía y sí una obra literaria. Primero porque en él se incluyen fragmentos de ficción (el coloquio de los generales), y segundo porque, como en todo texto autobiográfico, interviene en él la memoria humana, que todo lo subvierte o lo traiciona. No debemos olvidar que estamos ante una recomposición de la existencia, y no literalmente ante esa existencia. Al intentar eludir el establecimiento de su imagen como monumento ejemplar, Herrera ha construido, inevitablemente, un retrato moral.

Al autor me vincula el afecto familiar (es padre de mis primos, hijos de mi tía, Martha Aragón, hermana de mi madre) y ciertos recuerdos relacionados con mi padre. Tengo la imagen de Norberto, junto a la del infaltable y siempre fiel amigo Dr. Alberto Saborío, acompañándolo en la audiencia ante un juez, en uno de los procesos que enfrentó en el tiempo de la dinastía Somoza.

También el recuerdo de breves temporadas en el mar, junto a mis hermanos y otros primos, a quienes siempre recibieron con cariño en su primera casa de la colonia Centroamérica. En la distancia, los saludo a todos con cariño inalterable.

* Escritor y periodista.

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