Hernán E. Barrios Carrillo*
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Darío es herencia no solo de las generaciones en el siglo que vivió, sino que es herencia de gloria universal por los siglos de los siglos. Hoy en los albores bélicos del siglo XXI, su discurso PAX, de 1914, pronunciado en la Universidad de Columbia, Nueva York, sigue siendo vigente y necesario:“En sangre y llanto está la tierra antigua, / la muerte, cautelosa, o abrazante, o ambigua/  pasa sobre las huellas/ del Cristo de pies sonrosados / que derramó lágrimas y estrellas/. Se grita: ¡Guerra Santa! / acercando el puñal a la garganta / o sacando la espada de la vaina. / ¡No, reyes!... Que la guerra es infernal, es cierto; / cierto que duerme un lobo / en el alma fatal del adanida; / más también Jesucristo no está muerto, / y contra el homicidio, el odio, el robo, / ¡él es la luz, el camino y la vida…!”. Hoy, como ayer, su  consagrada pluma estuviera condenando al guerrero imperial y sus aliados que siembran odio y venganza con los genocidios en que se derrama el oro púrpura de la sangre por el oro negro de las profundidades.

Darío, todo un creador y un soldado del quehacer literario, fue un escritor de tiempo extra, se trazó un recorrido por el mundo como condición esencial de la poesía. Arturo Marasso, 'El canto errante' nos dice: en la India viaja en lomo de elefante; en China utiliza el palanquín; en automóvil en Lutecia; / en negra góndola en Venecia; / sobre las pampas y los llanos en los potros americanos;/ en los grandes ríos caudalosos de América va en la canoa;/ continúa su camino en dromedario, en rudo trineo, hasta que entra en su Londres en tren, / y en asno a su Jerusalén.  

Fue  profeta en su tierra porque la tierra toda fue su patria, aunque su Nicaragua amada algunas veces le fue hostil y desdeñosa. En su errabundo trayecto  le cantó a las musas y a los dioses, a los cisnes y los centauros, a Cristo y a los santos, al Momotombo, que hoy con sus trémolos rugidos parece evocarlo. Llenó de cantos  la naturaleza pincelándola de 'Azul' en sus inicios y nos dejó para siempre sus 'Cantos de Vida y Esperanza'.

Un omnisciente y un sentimiento de patria universal intuyó el poeta desde el umbral de su adolescencia  y hurgó desde sus raíces profundas hacia  una poesía vibrante y denunciadora. Como nos dice en 'El canto errante': “Si hay poesía en nuestra América ella está en las cosas viejas, en Palenke y Utatlan, en el indio legendario, y en el inca sensual y fino, y en el gran Moctezuma de la silla de oro”. En su quehacer poético por el mundo siempre reconoció el valor de sus culturas y supo defender la hispanidad americana.

Con la divinidad del cisne, alzó sus alas para encumbrarse a la cima del espacio como el águila, y avizorar en el tiempo las virtudes  y los vicios  de la humanidad. Raptar las musas del Olimpo para inspirarse y proyectar en las nereidas de carne y hueso su admiración y su gozo. En su quehacer lírico resplandecer lo clásico revelando castillos con reyes y princesas. Y con la sátira, denunciar al Guerrero Invasor; y censurar el dogma clerical que en algunos templos aún se manipula y comercia con los clavos de Cristo.    

Desde niño he leído sobre Darío, lo que no me hace dariano mucho menos dariísta, y percibo que moriré sin haberle leído todo. Darío es nuestro, es universal, es del monarca y el súbdito,   del patricio y del plebeyo, del burgués y del asalariado, del dirigente y las masas. Su diario cantar en la musicalidad sublime de sus versos y su firme y rigurosa  prosa,  hacen su marcha triunfal en el tránsito hacia  la inmortalidad que hoy y siempre conmemoraremos con orgullo quienes nos sentimos nicaragüenses y amamos lo bello de la lírica y el paisaje de la historia que siempre nos pintó en miles de tonos.

A mis siete años, gané mi primer premio cuando al final del tercer grado, en una escuela humilde de Ometepe, declamé 'Lo Fatal', y un párrafo de 'Canción de Otoño en Primavera': /Juventud, divino tesoro, /¡ya te vas  para no volver!/ Cuando quiero llorar, no lloro... /y a veces lloro sin querer.../

Verdad, que hoy a mis sesenta y cuatro, vive latente en mí, y vivió siempre martillando mi presente. Pero el genio no termina de descubrirse y los dariístas y los darianos se afanan en darnos de lo viejo que se revela, lo nuevo de Darío. 

Periodista y abogado.

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