Lesli Nicaragua
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El mundo se coaguló en ese momento y no hubo nada de extraordinario más que la entrada en los espacios del mito de un hombre de manos de marqués y raza apolínea, como dijo Blanco-Fombona. Lo único bueno --dentro de la fatalidad-- fue que la muerte lo alcanzó en su tierra, adonde vino como el profeta triste que siempre fue.

Pasó, como todos, por la indescriptible agonía de sentirse mortal, al fin. Porque mientras se vive, la eternidad es nuestra. Y el maestro lo sabía, por eso se aferró al crucifijo que Nervo le había obsequiado como quien se ase de una expectativa cuando el proceso de la desesperanza aterra los huesos y nos incapacita la ambición de vida.

Entonces, la mirada extraña y la indiferencia de animal desgarrado se emponzoñan en las carnes pulsantes, en las células que se habitan. La nariz ancha, más estirada por la escasa respiración, endurecía aún más sus facciones moribundas. Darío, una membrana apenas viva. Los últimos días del poeta fueron los peores. No tuvo la dicha de Saramago o el anuncio de las flores amarillas del Gabo.

El fantasma en la máquina, Darío, nos llegó después. Y pudimos verte como eras en realidad. El hombre cuyo único refugio de valores fue la poesía. Furor y pasión. Y nos confundimos en los tremedales de tus nupcias inequívocas y ascendimos con tu teoría del color. Desde entonces pudimos amarnos con más soltura y darle el merecido significado a tus versos. 

El más antiguo de los modernos nos cala en lo hondo. Nos diversifica en la mundana vida de lo efímero, para descubrirnos que solo somos eternos en el dolor. Amor y dolor. Cuestión de semántica, me dirías maestro. Pero ese delirio de sombras que motean en la espesura de tus versos nos enloquecen, nos perturban. Nos desdicen cada vez que te leemos.

Hoy, maestro, en tu tumba en la que el león llora, cae una rosa y otra rosa. ¡Y besos!, dirías. Lo demás es tuyo. Porque hoy, hace cien años, el mundo sin Darío se contrista.


*Periodista y escritor

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