Augusto Cordón Morice
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Hace unos días invitaba y hacia una pregunta reflexiva, a quien, después de conocer “la vida”, se preguntase si hubiera aceptado venir a ella o no haber venido, es decir, si quisiera llegar o si quería regresar.

Pues bien, pienso yo, que algunos se hubieren negado a vivir, pero otros desde luego,  ¡oh paradoja! hubieran dicho que, a condición de gozar de una salud aceptable, dentro de los inevitables sube y bajas de la salud física y del alma; a pesar de que son tantos los que reniegan de la edad avanzada, el adulto mayor, etapa en la que me encuentro, siento que es el estado perfecto del ser humano: ha desaparecido el miedo a la muerte, tienes más independencia que nunca; no has de tratar más que a quienes deseen tratarte sin dobles intenciones, y se procura evitar conversaciones que no transcienden la insustancialidad; no hay compromisos que los éticamente aceptables, y aunque carezcas de bienes y sea muy escaso tu dinero, te basta con respirar, con no sentir dolor físico y con haber aprendido a zafarte del dolor moral. Para agregar, el papa Francisco los considera“como depositarios de la sabiduría propia de la humanidad en cada época, en este convulso planeta que nos empeñamos en destruir”.

El goce o placer propiamente dichos son aspectos que se van valorando en sus justos términos, y la apetencia de los mismos, si aún siguen a tú alcance, poco a poco lo van estando menos y sin que carezcan de valor, no los vas echando de menos. Por eso mismo nada deseas que no puedas obtener. Te conformas con degustar con la frugalidad que te da el conocimiento de la dietética, con dormir aún, con realizar tus apetencias y necesidades conforme el cuerpo lo demande. 

Aunque aún lo disfrutes, se precisa menos del amor físico. Y, en el caso de que te falte, te basta el poco afecto que se te dispense aunque sea solo el del omnicomprensivo camarero/a de los lugares donde te diviertes, o tus bellas amistades y familiares, que cada vez confluyen en un círculo más estrecho, característica antropológica de los primates.

En la vejez está el compendio de nuestra vida. Llegar a ella es como llegar el campeón a la meta o el alpinista alcanzar los cinco mil de altitud. Y sabiendo que, en el mejor o peor (según la pretensión de cada cual) de los casos, vivirás a lo sumo un cuarto de lo que has vivido, conviertes ese poco de vida en un aliciente porque aún puedes disfrutar de cosas que antes te habían pasado desapercibidas por su gran pequeñez, o en un alivio porque te queda poco para dejarla. El adulto mayor no teme a la muerte, y no temiendo a la muerte no se teme nada.

Te das cuenta de lo que no fuiste consciente hasta que llegaste a este estadio superior de que la vida es finita, de que el sol sale y se pone, de que todo es efímero, de que el dinero en exceso es un grave inconveniente, porque entristece la idea de que no puedes llevártelo y porque tenerlo en abundancia hace concebir a quien lo tiene, el derecho a prolongarse la vida o simplemente esperanzas vanas de comprar longevidad. Y piensas ¿qué es un segundo, un minuto, una hora, un día, un año... en comparación con la nada o con toda la eternidad?

Al final te has dado cuenta de que si vives “asistido” un día, un año o un lustro más gracias a tu dinero, lo más probable es que equivalga a una prolongación atroz de tu agonía. ¡Has dejado atrás a tantos amigos, conocidos, familiares de tu misma generación, que la mera idea de que les has sobrevivido puede reforzar el sentimiento de tu mayor fortuna!

Pero por encima de todo, lo que sobresale en el adulto mayor es la plenitud de libertad de espíritu, de esa libertad absoluta que se siente aún con los adultos mayores que han estado en presidio. Nadie te la puede arrebatar, nadie te la puede restringir. Está en un lugar de nuestro ser inasequible a todos. Esta sensación, esta seguridad es tan fuerte que ni siquiera nos ataca el miedo a perderla habida cuenta de que hasta entonces, hasta que la vejez nos ha alcanzado, fue tan horrible perder la libertad como sentirla grave o amenazada. 

La vejez no cuenta ya en la civilización occidental, y menos aún en la sociedad de las grandes aglomeraciones urbanas; a diferencia de lo que cuenta y contó en otras culturas. Pero sepan los que aún no han llegado, que los adultos mayores, espectadores de excepción de los miserables trajines de la vida social, nos reímos para nuestros adentros observando la estulticia infinita de nuestros congéneres al desdeñar con su habitual arrogancia la belleza y las maravillas de la naturaleza, o al ignorarlas porque unas veces sobrevivir y otras arrancar los placeres de la droga, del sexo, del dinero o de la fama les ha bloqueado toda otra intuición.

Sabemos que un libro es mejor amigo que el mejor amigo; que un cuarteto con piano es mejor fármaco que el mejor fármaco; que el afecto sereno, la ternura y la cordialidad son bálsamos superiores a la cocaína, la heroína, la morfina o al egoísmo y la envidia engastados.

La vejez es hermosa, la más hermosa de las edades del ser humano. Lo único que se desea en la vejez es la oxidación lenta, la muerte con el mínimo dolor y que cuando la muerte llegue, ojalá exista con el tiempo, la voluntad de los sistemas de salud de los países más avanzados, que han llegado a superar la fatuidad, de los que se creen que son y serán inmortales y no han estatuido para los viejos que ya se les fue la vida en vida, una asistida y merecida eutanasia. 

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