Raúl Obregón
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El camino por la vida es sinuoso, subidas y bajadas, rectas y curvas. Es como un viaje en avión, a ratos se vuela con buen tiempo, sin sobresaltos, pero con frecuencia toca hacerlo en medio de turbulencias. 

La vida es bella, vale la pena, pero no es fácil, los desafíos y circunstancias adversas saltan en cualquier momento, por ello se debe estar prestos y equipados para enfrentarlos y resolverlos. 

Hay situaciones que nos causan problemas y/o adversidades, pero que son ajenas a creencias y conductas propias; sin embargo, hay otras que son activadas por nuestras creencias, convencionalismos y actitudes a veces irracionales que adquirimos en el devenir de la vida, que desencadenan episodios que causan sufrimiento, frustración, desencanto, etc., y a su vez derivan en trastornos psicológicos, tales como adicciones, angustias, ansiedades, depresión, ataques de pánico, etc. 

Quienes en algún momento de la vida hemos sido atrapados por alguno de estos trastornos, sabemos que en esos momentos somos despojados de la capacidad de vivir plenamente y también de la prosperidad. 

Somos criaturas de Dios, creados a su imagen y semejanza para que disfrutemos la vida.  En el evangelio de Juan 10:10 Jesús dice: Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia. Y en 3ra. de Juan 1:2 dice: Amado mío, ruego que tengas prosperidad en todas las áreas de tu vida, así como prospera tu alma, y que tengas salud. 

Estos dos pasajes nos dicen claramente lo que es el propósito de Dios para nuestras vidas: vida abundante, prosperidad. Hay una condición, que prospere el alma.

Efectivamente Dios quiere que vivamos a plenitud y que seamos prosperados en todo, sin embargo, ello no nos exime de problemas, sufrimientos, dificultades; siempre estamos expuestos a ellos. 

La diferencia entre quienes vivimos a plenitud, quienes hacemos la voluntad de Dios y no la nuestra, es que cuando llega la adversidad la enfrentamos sin temores porque Él está con nosotros.

Lo que nos corresponde es hacer nuestra parte, que es disponernos a renovar creencias y actitudes, transformar nuestras conductas y entonces conocer la perfecta y agradable voluntad de Dios para nosotros, que es una vida plena y de prosperidad en todas las áreas.

Cuando abrimos el corazón, la mente para Jesucristo, se produce un nacimiento espiritual en nuestro interior, el Espíritu Santo toma control de la vida de quienes deciden aceptarlo, y se inicia un proceso de renovación de creencias y de transformación de conductas (Romanos 12:2). 

Los frutos de la carne, las creencias, convencionalismos y actitudes que el mundo plantó en nosotros, tales como: rencor, odio, angustia, tristeza, contienda, ira, desesperanza, ingratitud, impaciencia, etc.,  son sustituidos por el fruto del Espíritu: amor, gozo, paz, fe, esperanza, gratitud, paciencia, mansedumbre y dominio propio.

Cuando el fruto del Espíritu guía actitudes y conductas, somos más que vencedores junto con Cristo. Cuando su amor está en nosotros, somos capaces de enfrentar adversidades sin temores porque: En su amor, que es perfecto, no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor…. (1ra. Juan 4:18).

Hay esperanza, podemos transformarnos en personas emocionalmente estables y fuertes. Lo que nos corresponde es hacer nuestra parte, que es disponernos a renovar creencias y actitudes, transformar nuestras conductas y entonces conocer la perfecta y agradable voluntad de Dios para nosotros, que es una vida plena y de prosperidad en todas las áreas. Podemos lograrlo porque ¡Todo lo podemos en Cristo que nos fortalece!

Queremos saber de Uds. Les invitamos a escribirnos al correo crecetdm@gmail.com

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