Mónica Zalaquett
  •   Managua, Nicaragua.  |
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“Me llamo David y tengo 18 años. Soy hijo de una mujer discapacitada y de un hombre que la dejó embarazada. Yo vine a conocerlo a él hasta los 16 años, cuando estaba de visita donde una tía y llegó a esa casa sin saber que yo era su hijo. Mi tía entonces le habló en secreto y él se acercó y me dijo, ´me llamo Adolfo, me dio un abrazo, sacó su cartera y me dio reales´. Le pregunté quién era y me dijo ´soy tu padre´, entonces le dije mi padre es mi abuelo, padre no es el que embaraza a la madre sino el que cría y da amor a sus hijos” y le devolví su dinero.

Yo crecí con mis abuelos maternos, porque mi madre vivía en otra casa con una tía, y por eso no le digo “mamá” sino que la llamo por su nombre. Mis abuelos fueron los que siempre me dieron amor, protección y valores, pero a los doce años dejé de escucharlos y empecé a formar parte de una pandilla del barrio. Fumábamos marihuana, olíamos pegamento de zapatos y peleábamos con las otras pandillas en las madrugadas. A los 14 ya había comprado mi primera pistola nueve milímetros a una pandilla que estaba armada hasta los dientes, con el dinero que me ganaba vendiendo marihuana y piedra.

Al tener esa pistola me sentía el “tuani” entre todos los chavalos y cuando me llegaban a buscar por cualquier pleito yo salía y disparaba. Así herí a varios “traidos” y maté a uno de ellos en un enfrentamiento. Me detuvieron por ese asesinato, pero salí libre porque era menor de edad. En esa época hubo seis heridos y tres muertos en mi barrio. A mí me hirieron cuatro veces y después cuando tenía 16 años me detuvieron con 480 piedras en la bolsa, pero tenía dinero ahorrado y salí libre un mes después.

En esa época una sicóloga del Ceprev me comenzó a dar atención mientras participaba en un taller. Salimos a hablar y ella me puso una canción cuya letra parecía como escrita para mí, y sentí muchas ganas de llorar. Después de eso les pedí perdón a mis abuelos y dejé de vender drogas, me aparté de los chavalos y entré a estudiar panadería con una beca que me dieron.

Antes ganaba 15 o 20 mil pesos vendiendo droga, mientras que ahora gano unos cinco mil pesos, pero honradamente. Con la venta de droga no me mataba mucho, solo estaba sentado esperando que llegaran los clientes, ahora me tengo que mover y ponerme chispa, pero me siento alegre y desahogado porque la justicia ya no anda detrás de mí.

Mi sicóloga me dijo unas palabras que siempre llevaré en mi mente: “Podes ver el dinero fácil que ganas con las drogas, pero no sabes las vidas que estás destruyendo”. Eso era cierto, porque yo como vendedor había visto que una persona adulta prefería comprar piedra antes que llevarles alimento a sus hijos, o que un joven se fumaba todos los reales de su trabajo y de tanto consumir le daba la muerte blanca. Pero fue hasta ese momento que abrí los ojos y me sentí culpable de todo el daño que estaba causando.

Así empezó mi cambio y con el apoyo de ella, comencé a pensar diferente. Me dije a mí mismo “ya no más” y busqué un trabajo en el Oriental. Desde el primer pago me sentí “tuani” porque con ese dinero no le había causado daño a nadie. Ahora apoyo a los chavalos de mi barrio con las charlas que a mí me daban, y algunos de ellos también han dejado de consumir.

En mi barrio saben que ya no me meto en pleitos de pandillas y que trabajo honradamente. La gente me habla y ya no me tienen miedo. Antes tenía pleitos por todas partes, pero ahora puedo ir a los lugares donde estaban mis enemigos y me saludan sin problemas. A veces hablo con ellos y les digo que si antes les hice daño que me perdonen, y me dicen “no, tranquilo, el pasado es pasado”.

Todo lo que yo he vivido es mucho para la edad que tengo. Una vez escuché en una canción una frase “podrás sacar a un hombre de la calle, pero no la calle de un hombre”. Eso significa que todo lo que pasé en la calle me ha enseñado que no basta hacer negocios, sino que los negocios que voy a hacer no tienen que avergonzarme”.

*La autora recoge testimonios de personas que desean compartir sus experiencias de cambios.

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