Patricia Vargas
  •   Managua, Nicaragua.  |
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La violencia contra la mujer en las sociedades latinoamericanas, se exacerba de tal manera que podría formar parte de las escenas de una película de ficción. De esta forma, luchar por combatir la violencia hacia la mujer ya es toda una batalla contra el patriarcado; donde la primacía de la masculinidad esta inculcada en las normas, las estructuras sociales y familiares, como forma legítima de poder, que repercute en las muchas formas de violencia generadas desde los privilegios de cada individuo.

La matriz de la dominación de Patricia Muñoz Cabrera en Violencias interseccionales, nos lleva a la raíz de todos los motores de a la mujer lesbiana, “las estructuras de poder: patriarcado heterosexista, supremacía racial, y capitalismo consumista. Se convierten en agentes de poder y políticas que producen y perpetúan ideologías, mitos y prejuicios (nivel internacional): Instituciones y actores públicos (nivel nacional y local).” 

De esta forma la exclusión es sostenida por el sinnúmero de formas sociales normadas de acuerdo a unos estándares, donde lo lésbico no encaja y distorsiona el juego de roles al que está supeditada la mujer. Un mundo donde los discursos dominantes y poderosos son masculinos y donde las estructuras de poder económico y social por años han estado en cabeza de hombres, hecho que deslegitima los femenino como una forma de poder. 

Las reglas sociales sostienen preceptos a lo largo de la vida de todo ser humano, donde existe una legítima fijación en relaciones heterosexuales, poniendo toda otra forma de relacionamiento como inmoral, antinatural y perversa. La sexualidad humana donde el falo es elemento primordial y de dominación ante los cuerpos femeninos, hace que toda relación que sale de este esquema sea censura. El problema de la censura de los cuerpos de las mujeres no heterosexuales no queda solo en el esquema de lo privado, trasciende a la vida pública donde lo privado se hace político. Dicho suceso genera la exclusión social y la imposibilidad de ejercer derechos estipulados para todos se convierte en una batalla diaria entre lo socialmente concebido y las realidades de las mujeres no heterosexuales.

Así ante el esquema legítimo de una sociedad misógina, las mujeres lesbianas construyen mecanismos de protección ante lo mandatos heteronormativos, adaptándose a una constante violencia social y cultural, perpetuando el no nombrarse como forma de supervivencia. Un sinnúmero de mujeres lesbianas han sido víctimas de diversas formas de violencia a causa de su orientación sexual, hasta ahora no existen cultura de denuncia. Lo que ayuda a la invisibilización, al ocultamiento, el prejuicio y odio a sí misma por ser lesbiana. 

Las percepciones de la vida son limitadas, a lo largo de la historia han existido familias que salen del esquema heteronormativo, quienes han utilizado diferentes mecanismos de supervivencia, sin embargo para muchas sociedades la inclusión de estas realidades deslegitima el orden patriarcal existente. 

Un sinnúmero de formas de violencia y de mecanismos socioculturales de moldear sexualidades no heterosexuales está dañando la salud mental de las mujeres de la diversidad sexual; matrimonios forzados como forma de corrección, violaciones por prejuicio y odio donde se considera que la relación falocéntrica eliminará la orientación sexual lésbica, entre muchas otras formas de violencia física, verbal, psicológica que terminan, en muchos casos en muertes violentas a mujeres por el hecho de ser mujeres Lesbianas, pero si en algún momento son investigados y juzgados los perpetradores de dichas muertes, la orientación sexual no es concebida, nombrada, ni analizada y menos mencionada en una sociedad de doble moral.  

*Consultora para el proyecto Centroamérica Diferente.

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