Jorge Isaac Bautista Lara
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Facundo Cabral cantaba todas las mañanas al levantarse una canción que la convirtió en su himno en muchos escenarios: “Este es un nuevo día”. En la que agradece al Señor la gentileza de un nuevo día, y en ella dice que “(…) el paraíso no está perdido sino olvidado…”. Que nosotros mismos lo podemos ir construyendo con pequeños detalles. Y en la prosa de su canto: “Este es un nuevo día, para empezar de nuevo, para buscar al Ángel que me crece los sueños, para cantar, para reír, para volver a ser feliz… en este nuevo día, yo dejaré el espejo, y trataré de ser por fin un hombre nuevo…”

En este nuevo día que estás en casa, en tu cuarto, a solas, busca la ropa que ya no usas. Basta que des un vuelo de pájaro a tus trajes y te darás cuenta que hace meses, incluso años, existe ropa que no te pondrás más. Existirán tantas razones como colores, pero no es eso lo que interesa, no es ver si son razones justas o no. Para ti y para mí, para nosotros, no es eso lo que hoy nos trae aquí. Pregúntate y respóndete hoy, ahí, de frente a ti mismo si existe una ocasión  más en tu vida que te la pondrás. Si eso no pasará más, ¿qué hacen ahí esos trapos sino ocupar un espacio? Espacio que para ti tendría mucho más uso colocando otras cosas. Y esa ropa tendría más utilidad al cumplir las funciones para la que fue elaborada; vestir a otros que no tiene con que hacerlo. No es el asunto de sentir culpa, hoy no importa, es el de compartir lo que me sobra, si quieres verlo así, y si es viéndolo así que podemos soltar las cosas.

Existe una lección que nos dice que a lo largo de la vida hemos de enfrentar la necesidad de dejar cosas, vivencias y personas para irnos despojando de limitaciones innecesarias. Es el soltar amarras. Si es el apego que nos ata hacia esos objetos; camisa, blusa, pantalón, falda u otros: bien, no lo toques por hoy. Maduremos el desapego un poco más. Pero pasado otro poco de tiempo, volvamos a colocarnos de frente a nosotros mismos para hacernos la misma pregunta, y te darás cuenta que con el tiempo el apego es menos. Ese será momento de darlo; de dar alegría a otros. Así ha llegado el momento de entregarlo a su destinatario. Transmite el dominio y cumple la esperanza de los desvestidos, de tener una prenda para vestir. Demos el paso.

Tanta gente va en la calle, aun nosotros mismos, pidiendo un milagro en la vida. En el programa “Xuxa TV”, presentaron a Aline Barros, pastora de una religión,  quien cantó  “Resucítame”, que dice: “Maestro necesito un milagro, transforma hoy mi vida y mi estado. Hace tiempo que no veo la luz del día… Están tratando de enterrar mi alegría. Intentan ver mis sueños cancelados… Necesito tanto de un milagro, remueve hoy mi piedra, llámame… resucita mis sueños… hazme un milagro…”

Esa ropa que nos sobra es de otros, y en ellas están los milagros que tanto piden y del que nosotros tenemos la posibilidad de cumplir y hacer realidad.

Todos somos en nuestras vidas, sembradores de algo a lo largo de los días, a lo largo de lo que vamos caminado. Y una de esas cosas que podemos ir sembrando es de pequeños milagros. Y que según Bertha von Suttner “después del verbo amar, ayudar es el verbo más hermoso en el mundo”.

Ha llegado el tiempo para nosotros de conmovernos al encontrarnos con un ser de nuestra misma especie y naturaleza; desnudo y sin comer en la calle, cuando existe ropa nuestra que nos sobra. Dar pan y paz. Pensando lo que ha dicho San Agustín: “Si precisas una mano, recuerda que yo tengo dos”. O recordar lo que nos ha dado en versos Amado Nervo: “Hay algo tan necesario como el pan de cada día, y es la paz de cada día; la paz sin la cual el mismo pan es amargo”.

Recordar a Tales de Mileto (625 a.C. al 546 a.C.), el filósofo, científico y Matemático griego, que ha dicho: “La esperanza es el único bien común de todos los hombres; quienes todo lo han perdido, siguen teniendo esperanza”. La esperanza de quien pide cada día poder vestirse como hijos de Dios. Que no sea el orgullo lo que nos impida hacer estos pequeños gestos de milagros pues: “Entre la dignidad y el orgullo hay la misma semejanza que entre la llama que alumbra y la llama que quema” (Severo Catalina).

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