Félix Navarrete
  •   Managua, Nicaragua.  |
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Me cuentan que el doctor Roberto Evertz Morales (1948), abogado de profesión, liberal de pensamiento y conversador de vocación, está muy enfermo. La diabetes, el descuido, los años y una profunda depresión generada por la soledad y los desafectos lo mantienen postrado  desde hace semanas en su casa, en Villa Don Bosco. 

No he podido ir a verlo. Las falsas prioridades mundanas no lo han permitido. Pero  es un personaje que  ya tiene un lugar especial en mi memoria por su capacidad fotográfica de recrear la realidad y contarla con un humor negro, propio de su personalidad que ha dejado huellas en muchos amigos, compañeros de trabajo, intelectuales y personalidades políticas que lo conocen.

Conozco al doctor desde que trabajaba como asesor jurídico del Consejo de  Estado.  En ese entonces, yo tenía apenas veinte años y él era ya una enciclopedia ambulante en los pasillos políticos y parlamentarios.   Su humor siempre fue acerado.  Gordito, gracioso y con una locuacidad chispeante, se paseaba con su guayabera y su barba tomando café,  charlando y enseñando.  Recuerdo que esa vez se acercó y me  dijo que había conocido a mi padre y me había visto de niño cuando me paseaban en un triciclo en el parque Candelaria  e inmediatamente su narración me  transportó a la  vieja Managua, al populoso barrio Santo Domingo, donde algunas veces se tomó una Coca Cola en la Miscelánea Noguera, propiedad de mi abuela paterna, mientras conversaba de las primeras revueltas contra Somoza. 

A partir de ese momento, el doctor Evertz engrosó la lista selecta de aquellos personajes que uno desea recrear en una novela. Después de ese primer encuentro en la Asamblea Nacional, no volví a verlo hasta que llegué a laborar en el  Consejo Supremo Electoral en el año 2000, donde se desempeñaba como secretario de actuaciones. Como siempre, allí estaba el doctor, con su humor negro, sus ojos que se movían con malicia y misterio, sus chismes políticos, su memoria fotográfica para describir personas y lugares de la vieja Managua, y sobre todo, una humildad que no podía esconder. 

Lo recuerdo, en horas muertas, disertando en una rueda de compañeros sobre algún chisme político, algún chiste genial, recreando escenarios del terremoto y de la guerra, contando historias increíbles, no sabemos si ajustadas a la verdad o alimentadas por su fantasía. Lo cierto es que todos los que escuchábamos sus historias  nos sumíamos en un clima de hilaridad en  que había que tener demasiado aire en los pulmones para reírse. 

Y es que Evertz es un cronista del verbo.  Un personaje imprescindible en reuniones serias para escuchar sus consejos jurídicos y políticos, pero  también  infaltable en ruedas de amigos y mesas de tragos para escuchar su ingenio. Detrás de su ropaje de abogado serio, con tirantes, estaba el  intelectual completo, muy acucioso en la lectura e irreverente con aquellos académicos de oficina. El desdeñaba a aquellos leguleyos que tocaban el Derecho con las manos sucias.  A pesar de que siempre fue un hombre abstemio, una buena comida y una buena compañía eran suficientes para que se sentara durante horas y nos contara pasajes públicos y secretos de la política nacional, datos de la historia desconocidos, o bien, disertaba sobre sus  lecturas exclusivas de literatura, pintura y política internacional, o bien terminaba con un chiste fuera de serie que siempre tenía autor o protagonista conocido. 

Creo que Roberto Evertz es un cronista verbal de nuestra historia. Es un narrador oral omnisciente, testigo de grandes acontecimientos políticos y sociales.  Estoy seguro que si le dieran la tarea de escribir con datos y señales  episodios vitales  de algunos personajes políticos de Nicaragua,  Evertz  lo haría feliz, convencido de que su aporte a la historia sería novedoso, y que su memoria vertiginosa e infinita le terminaría haciendo feliz y duradero el nombre. 

Email: felixnavarrete_23@yahoo.com
Managua, 9 de febrero de 2016.

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