Lesli Nicaragua
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A ECO

Creo en el amor no solo porque nos convierte en una afirmación de nuestra humanidad, sino más bien porque consiste en una invasión de la carne por el espíritu que nos invita a la belleza de su voz clara y vibrante que rueda como un eco en la noche posmoderna que vivimos, cuando se niega la individualidad y todo se reduce a una condición imprecisa del ser.

Médula y mercadeo. A eso ha reducido el amor esta época. Una raíz y un centavo. Regresemos, mejor, con Florentino Ariza –el héroe de El amor en los tiempos del cólera- a confundir el agua con el perfume. A descubrir que las anémonas y los nenúfares suenan y se ven mejor que un príncipe negro modificado. A sentir –no es solo para los muchachos- el oleaje despojado de todo artificio, el auténtico clamor del corazón, desnudo, limpio y diáfano.

Comprendamos, junto con Adriano –el emperador que nos construyó la Yourcenar-, que el amor no tiene la explicación de dos parcelas de carne frotándose, como tampoco la música sale de las cuerdas arpegiadas por cualquier mano. Así, pues, amamos tan solo porque el otro está dotado de una individualidad que no es la nuestra y que la deseamos vivir. Esa historia, y no otra, que nos fascina y nos arremete.

Descubramos que “esta corporeidad, mortal y rosa”, constituye una reiteración de nosotros en los demás. Te resumes en todas y me unifico en todos. Las mujeres que fuiste y los hombres que soy.

Discurrimos entonces que todos somos uno. Por eso es incomprensible –y muchas veces imposible para los no iniciados- el mayor de los mandamientos, el amarse los unos a los otros. Sin tiempo ni espacio. En una hora, en dos días, en tres semanas o en quince años. En el mismo sitio, que es todos los lugares.  

Porque cuando aprendemos a amar, lo hacemos con la misma facilidad y rapidez con que la fosforescencia se traga la horrísona grisura que se nos vierte cuando destruimos lo que amamos.

Deducimos, a la vez, que el fenómeno del amor es intrínseco, a pesar de sus múltiples estímulos externos. Que es la génesis prematura del ser que somos que nos obliga amar inmediatamente después de haberlo hecho hasta el cansancio, y seguirlo multiplicando hasta las últimas fuerzas.

Porque el concepto de amor incluye las nociones de ternura y tibieza, pasión y violencia, y en último lugar, muerte y resurrección. Como cuando se logra ver con lo blanco del ojo y pesamos a la criatura desnuda con las rútiles monedas del paroxismo: su pelo metálico y sólido de renegrido, su cuerpo exacto y su pierna de pez inmóvil, su lunar en la cadera y su boca breve. Y es ella –ecoica- en la cama durmiendo el domingo, en el auto de lunes a viernes, en su familia cada noche, en el trabajo por el día, conmigo en las eternas horas que la soledad de la vida convencional nos deja libre.

Entonces –con el irreverente Umbral-, adquirimos la capacidad de ser tan plácidos, tan plácidos, que logramos hacer de una cópula un poema, y lo recitamos cada mañana, con la misma voz clara con que la belleza nos llama, para que nos alcance todos los dominios del cuerpo, el alma y el espíritu, antes de precipitarnos sin regreso en el vacío que hay más allá de la Vía Láctea.

*Periodista y escritor

leslinicaragua@yahoo.com

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