Félix Navarrete
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Una guitarra llora en el fondo de la noche. Sus  acordes son tenues, tímidos y tristes. Es la plegaria de un joven profesional que antes de irse a la cama, ora y eleva un canto al cielo que  es devuelto por el viento. Es una  especie de oración desatendida y hasta el momento sin respuesta.   

En ese canto íntimo y personal que sale desgarrado desde  lo más hondo de su corazón, pide a su padre divino cosas elementales pero necesarias para vivir. Pide por sus hijos, por su familia, por su esposa, por la comunidad católica donde evangeliza y dedica todo su tiempo. Y especialmente clama por un empleo para poder resolver las necesidades de su familia.

Quizás esta historia suene irrelevante para algunos lectores, porque se trata de un tema personal.  Otros me dirán que por ser un asunto privado no reúne los méritos para abordarse en público. Sin embargo, la diferencia que me ha motivado a escribir sobre este tema, es ofrecer el testimonio de un joven que ha puesto su fe ciega en Dios a pesar de lo que diga su entorno y a lo que muchos han pensado.

No me pasó a mí, pero creo que no debe ser fácil adorar a Dios cuando se tienen miles de problemas. Es fácil cantarle, orarle, bailarle, pero cuando todo te va de maravilla, cuando te sonríe el billete y todos te elogian. Cuando viene la prueba, vienen los lamentos. Conozco a muchos  jóvenes que tienen un buen trabajo, gozan de buena salud, pero no se acuerdan de Dios. No les hace falta. No figura en sus agendas tan vacías como sus corazones.

 A mi hijo le ha pasado lo contrario: ha soportado con estoicismo todas las pruebas que la vida le ha deparado. Le ha cantado a Dios en la aridez, en la escasez, en la vicisitud. No he dicho que nunca se ha derrumbado. Pero desde que se quedó sin trabajo, hace diez meses,  ni  corto ni perezoso, se sumergió a tiempo completo en los asuntos domésticos de la religión: aprendió a tocar guitarra de manera autodidacta, se hizo cargo del coro de adolescentes que tenían deseos de cantar y en unas semanas se convirtió en el guitarrista de la comunidad. Hoy es la voz y la guitarra del grupo y se siente feliz  aunque los problemas sigan allí como pequeñas sanguijuelas, chupándote la energía y las ganas de vivir.

Nunca me ha querido revelar qué es lo que hace cuando deja de orar y de cantar y tiene que enfrentarse nuevamente a  la terrible realidad de las deudas, las necesidades y otra serie de eventos que nos hacen de cuadritos la existencia.

Quizás me responderá que la oración lo conforta, pero no le resuelve los problemas.

A veces  me pregunto: ¿Cómo ha hecho un joven de 28 años para soportar tantas pruebas en menos de un año?

Primero, el crimen médico contra su esposa, que la mantuvo al filo de la muerte. Luego, la falta de trabajo que lo ha dejado impotente, sin poder resolver nada. Sin embargo, su fe lo ha mantenido a flote. No hay otra respuesta. Dios lo ha sostenido a través de amigos y familiares generosos que le han procurado cariño, esperanza y paliado algunas necesidades materiales.

No sé cuánto tiempo se tomará Dios en escuchar el rasgueo de su guitarra y sus plegarias. Él tiene su tiempo. Han transcurrido diez meses y él continúa fiel, esperando contra viento  y marea, a pesar del qué dirán de algunos familiares y amigos, confiando en que la divina providencia seguirá actuando. Ahorita es un corista que evangeliza a tiempo completo en su parroquia. Tal vez Dios está probando su fidelidad y le tiene preparado un futuro brillante. Uno nunca sabe.   

Yo, en medio de mi agnosticismo, creo que pronto Dios tocará el corazón de una persona, abrirá esa puerta y la fe habrá tenido sentido en su vida. A lo mejor sus mejores días como abogado y notario están por venir. Así sea.

Email: felixnavarrete_23@yahoo.com
Managua, 16 de febrero de 2016.

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