William Montano
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Al hablar de Latinoamérica, pareciera que enunciamos un submundo salvaje regido por la pobreza, la ignominia, la amponada y la muerte.

Para los Estados “desarrollados” somos el caldo de la política perversa, de la economía malévola, de la anarquía y el Estado fallido.

Somos un cúmulo de estereotipos; a la mención de Nicaragua: revolución, guerra, dictadura… Colombia y cual letanía: Coca, Pablo, Cártel… Venezuela: Chávez, Maduro, escasez… Brasil: Dilma, Corrupción, Pelé!.. México: EL "CHAPO".

El problema de esta América española es bastante sencillo, lo que implica que hay una complejidad sumergida de connotaciones épicas.

En un repaso recurrente, el génesis de la vorágine americana lo encontramos en la descendencia española, la incapacidad criolla de romper la política colonial en la postindependencia, el bipartidismo, las guerras intestinas por el control político, los empréstitos extranjeros y el “clavo del ataúd”, la legitimidad gubernamental impuesta por EE.UU., posteriores encargados de subvertir el orden político y militar en su beneficio, con el vehículo de dictaduras que “alentaron” en las repúblicas bananeras. Ejemplos: Trujillo, Somoza, Pinochet etc.

En este contexto el concepto fail state, oculta los cimientos de la intervención política en detrimento del espacio político y socialeconómico latinoamericano.

En el video viral del “Chapo”, Guzmán vincula su inicio en el narcotráfico a las pocas oportunidades económicas contextuales. A pesar de las falacias de movilidad social del liberalismo, la falta de oportunidades, el desempleo y la pobreza generalizada, son indicadores de la continuidad del modelo político excluyente impuesto en el siglo XX.

Aunque suene despiadado, la nueva matriz laboral apunta al “Chapo” como un “emprendedor”. Guzmán inició de “lavaperros” hasta convertirse en el gran empresario actual, la cúspide de la pesadilla americana. No es casual que las grandes estrategias de los jóvenes excluidos sea la migración o la incursión en el cartel, “sector de amplio crecimiento y alta competitividad”.

Aclaro, no intento hacer una apología al narcotráfico, deseo poner en perspectiva que el problema del tráfico, más allá de una cuestión criminal, es un problema económico.

Al parecer a los capitales transnacionales les disgustó que los países bananeros ingresaran en mercados de ganancias exponenciales, lo que significó el arribo de una clase social independiente a la legitimidad americana.

No es raro que la “mano invisible” lograra que los gobiernos bananeros declararan la guerra al narcotráfico dando inicio a una masacre entre bandos de la que nuestros pueblos han sacado la peor parte.

No hay que saber teoría de juegos para intuir que si dos grupos de poder ejercen violencia entre sí, no habrá otra viabilidad que el enfrentamiento, el reclutamiento, la masacre, hasta el exterminio de una facción por la otra, o bien, la aceptación de un pacto de convivencia con “soluciones” medianamente aceptables.

Para el Gobierno del norte, el pacto de convivencia entre los gobiernos latinoamericanos y las narcoempresas es un camino “inviable” pero lucrativo, en negocio gris en el que EE.UU. ha promovido y financiado las guerras en contra de los cárteles, bajo la excusa que el tráfico de estupefacientes está afectando de manera directa a la sociedad y en especial a la juventud, nótese la emotividad.

Entretanto, en el campo de batalla, nosotros “los” desde Tijuana hasta Quito, sufrimos estoicamente las consecuencias de la agenda norteamericana. Continuamos promoviendo guerras intestinas, a favor del capital extranjero, en defensa de un Estado preocupado por el problema de salud pública generado por la droga, pero incapaz de dar cobertura médica universal a sus ciudadanos, ese Estado que promovió y financió guerras de agresión con el mismo tráfico de drogas y armas que paradójicamente pretenden combatir.

En el México de hoy, es angustiante observar los niveles de violencia, de crímenes atroces, la corrupción que fustiga a los mexicanos, sin embargo, debemos ser conscientes que el rostro del “Chapo” no es el arquetipo-espejo de la masacre. El "Chapo", Escobar, Carrillo, son el triste resultado de un entramado complejo de pobreza, inequidad, corrupción, violencia, la guerra como negocio y solución, el vendepatrismo, la agenda oscura que siguen imponiendo los grandes intereses y las grandes clases, quienes históricamente han sumergido nuestros países, en esta viva falacia de soberanía y libertad.

*Sociólogo,  Director del Instituto de Estudios Interdisciplinarios.

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