Erick Aguirre
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El mundo a mis ojos --Mis almas gemelas y mis polos opuestos--, libro de Karla Valeria Bendaña, es mucho más que un guion o libreto técnico para algún tipo de producción audiovisual o cinematográfica, como aparenta ser.

Es, en realidad, una vertiginosa sucesión de personajes cuyas voces se presentan, se describen y se descubren a sí mismas de forma que, finalmente, el texto en general adquiere las dimensiones de una novela moderna; una novela con evidente, y quizás involuntario, influjo faulkneriano.

Predomina en el relato la voz de una narradora principal, que concentra la mayor atención, porque participa directamente de casi todos los acontecimientos que se narran. Aunque en realidad la narración trata sobre todo de lo que les ocurre o lo que hacen o dejan de hacer los personajes aparentemente secundarios.

Pero sin la voz principal de la joven protagonista, el resto de personajes, así como sus voces, no funcionarían con suficiente eficacia; la historia no tendría sentido. Aunque no están involucrados directamente en el eje central de la historia que se cuenta, sino que tienen una participación menor, las voces secundarias no dejan de tener importancia, pues también intervienen activamente en los hechos.

A pesar de su relativamente poca relevancia, no se puede decir que en este relato las voces de los personajes secundarios no sean imprescindibles para la totalidad de la narración, puesto que, aunque su participación no es fundamental, siempre hay una razón para que estén ahí, fragmentando la historia pero evidenciando la unidad de sus partes, como una matrioska.

Dividida en dos grandes secciones (Mis almas gemelas en el mundo y 7 mundos que explorar) y diversas subsecciones, la historia es, como dije, apenas conducida por una voz fuera de la historia, que solo interviene muy puntualmente, con frases escuetas y precisas, para luego dejar libres las voces de los personajes que sucesivamente van dando forma a un mundo intenso, lleno de aspiraciones, deseos de empatía y de superación individual y comunitaria; así como de oposiciones y contrastes.

“Te presento a Josué”, dice la voz extra-diegética en la primera parte, para luego dejar a Josué describirse y descubrirse, y después describir y descubrirnos su entorno: sus amigos, familiares, y con ellos ese tumulto de aspiraciones y deseos de un mundo armónico, lleno de empatías y ansias de superación.

“Este es mi héroe German, conócelo”, dice después la misma voz, y German se presenta, se describe y se descubre para luego hacer lo mismo con sus hermanos, su familia, sus amigos, etc. Ya lo dije: como en una matrioska rusa, o como en la sucesión de voces con que hace ya muchos años William Faulkner construyó su novela "Mientras agonizo".

La voz narrativa principal, repito, a pesar de su importancia, casi no interviene; no conduce ostensiblemente la historia; no guía al lector por muchos meandros: deja que los mismos personajes lo hagan.

En la segunda parte (7 mundos que explorar) apenas nos dice: “Este es el mundo de Karolina…”, o de Ashley, o de Meyling, y luego deja que ese otro grupo de personajes, especie de antípodas del grupo que conforma la primera parte, desarrolle por su cuenta la historia.

Quizás involuntariamente, El mundo a mis ojos se inscribe entre las diversas tendencias que caracterizan y hacen ver con optimismo el devenir de cierta narrativa nicaragüense, que durante al menos los últimos treinta años se ha caracterizado por la preponderancia de tres importantes tendencias.

Una es la producción de obras testimoniales o memoriales; otra es la producción de obras de denuncia, y la tercera abarca obras que tratan de evadir el enfrentamiento directo con lo político-social, pero que se caracterizan por representar un tipo de violencia oblicua, que es, en mi opinión, la que actualmente predomina.

El mundo a mis ojos, creo yo, es una de ellas.

* Escritor y periodista.

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