Lesli Nicaragua
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A Maxi   

Solo hay un camino, en estas fechas, para llegar a Granada: el de la poesía. El mismo que cogió la poeta española que ha tomado el micrófono esta mañana de jueves bajo el sol bravo --bravo-- de nuestro verano húmedo e intrépido que nos duele en las glándulas. Pero que no es lo suficientemente maligno para obligarla a desistir de leer su poema. Un texto pulcro y lógico desde su misma ilogicidad que suena a bohemia, a icor, a imagen y sombras.  

Ya más de cerca, la mujer, joven por todos los costados, muestra una naricilla delicada y un tanto aguileña que juega bien con sus ojos negros de clemencia y su mirada ingenua de extranjera perdida por su gusto. Su acento la vuelve extremeña a mis oídos, pero resulta que tiene varios orígenes más al norte de España. Luce una falda muy larga con todos los colores y una camisola naranja que deja ver sus hombros nítidos, rosáceos ya a esta hora.   

Comenzamos una plática corta, pero sustanciosa sobre la génesis textual. Es un panel de escritores, pero en la intimidad, es más una razón de exponer por qué carajos escribimos poesía cuando el mundo se carga a balas y bombas a la gente. Y la respuesta es unánime: es lo único que sabemos hacer cuando el hombre destruye al hombre. Estamos a gusto junto al lago. Una brisa rápida nos rodea. Hay varios jóvenes. Cinco chavalos que responden con vivacidad las preguntas de la española.

“Te haré dos preguntas --dice--, me respondes una primero y luego la otra”. Yo me sostengo la barbilla y sonrío, porque sé lo que le viene al muchacho cuyo flequillo le cae perfectamente simétrico sobre sus anteojos negros. “¿Cuál es la mayor emoción que sustenta tu creación?” A lo lejos, sobre el plomizo lago, un barco surca de pronto la plenitud inerte de un paisaje vacío. El poeta responde con su seguridad en peligro, pero responde bien: la ira y el orgullo, resumo de su discurso, como la Fallaci. 

“¿Cómo insertas a Nicaragua en tus textos?” Todos se quedan expectantes. La ven difícil. Creen que es una pregunta política, así que el muchacho pide ayuda con los ojos. Entonces tomo la palabra. “Las mismas frases envuelven nuestra tierra. Las mismas palabras salen de nuestro país. Los referentes son nuestros. Imagen y enigma”.  La mujer, móvil incluso en su reposo de ansias, parecía decir mucho con sus labios cerrados. Y de pronto, como si todas sus dudas se disiparan, tomó una copa de tinto con sus brazos ágiles, resaltados por el ángulo de su axila, y de un trago largo terminó de saciar su sed.

El horizonte palideció entre la sombra de la noche. Bajo la nuca de la española un verde umbroso que despedía un árbol cercano resplandeció en sus cabellos negrísimos y firmes, que luego se tornó violáceo por contraste, hasta cobrar una pátina metálica que al fin pareció permanente, bajada de la Luna.

Nuevamente en la plaza, ya más cómodos entre el rumor de las lecturas y los aires fríos, nos hemos sentado en fila todo el grupo. Estamos escuchando --gustos adquiridos ya-- la misma música con distinto matiz. Entonces le pregunto a la poeta: ¿Qué te parece Granada? Sin vacilar en su equilibrio verbal, monótona como un busto lacado, desde sus labios apenas cortados por el viento, espetó: “El ombligo del mundo lírico”.

*Periodista y escritor
leslinicaragua@yahoo.com

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