Orlando López-Selva
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El presidente sirio Bashar al-Ásad ha dicho en una conferencia de prensa que recuperará todo el territorio en manos de los “terroristas”. 

Sus palabras reflejan arrogancia superlativa. Él sabe que el apoyo incondicional de Rusia (o más bien del presidente ruso Vladímir Putin) le permite hablar así. 

¡Incauto!

Pero el mandatario ha olvidado que su permanencia en el poder ―luego de una guerra de cuatro años, que ha destruido la mayor parte de la infraestructura del país, ha causado 250,000 muertos, 4 millones de desplazados, y otros 5 de refugiados fuera de las fronteras sirias― constituye un lastre, que Moscú ya sopesa, revalúa y negocia. 

Las potencias no tienen muchos amigos. Tienen intereses y agendas ocultas, la mayor parte del tiempo.   

Es indiscutible. Siria está en la zona de influencia rusa. (Y es algo que algunos analistas más cercanos a mi enfoque no aceptan: el planeta no está dividido entre buenos y malos; ni tampoco solo debemos suscribirnos a nuestros valores e intereses occidentales ―que yo comparto, cuestiono y defiendo)―. 

Sin dudas, la balanza se ha inclinado, desde que las tropas rusas pisan territorio sirio, en favor del régimen de Asad. Putin  ahora está ganando la guerra militar. No es una victoria para Asad. Es un préstamo oneroso que tarde o temprano el mandatario sirio pagará. 

El poder militar ruso ha sido contundente, aunque generara escenarios encontrados. Se ha determinado que todos están contra Isis (¡Sin dudas, el enemigo universal etiquetado!); pero ha degradado la lucha de los opositores a un estatus de “terroristas”. Ello le ha dado impulso y viabilidad oxigenantes al régimen sirio. 

¿Por eso Al-Ásad está muy confiado?

Veamos algunos problemas surgidos luego de la embestida militar rusa: 1) Han muerto muchos civiles como consecuencia de los bombardeos del ejército interventor. Esto ha obligado a la diplomacia occidental, por razones humanitarias, a pedirle a Moscú que frene sus ataques. 2) Turquía, aprovechándose del conflicto, ha atacado a los nacionalistas kurdos (¡a los que odia, intentado aniquilarlos!). Ello está provocando enfrentamientos indirectos entre Ankara y Moscú. (En otras palabras: Rusia se ha ganado un enemigo bien armado; además, Turquía es un actor regional importante y miembro activo de la OTAN; ello aumenta el riesgo de una mayor conflagración entre Occidente y Rusia. 3) Arabia Saudí ha amenazado con enviar tropas a pelear contra Ásad. Así aumenta el peligro de que al involucrarse más actores, Moscú hoy sienta que las cosas no le han salido como esperaba (No bastaba con poner tropas en Siria: había muchos intereses foráneos en juego que están enredándolo todo). 4) La Unión Europea (UE), reacia para la gu
erra, ha descubierto que el conflicto sirio le ha servido a Putin de arma para causarle desajustes financieros a Bruselas y mucha inseguridad con el flujo imparable de refugiados sirios. 5) Putin está sofocado. Vive sancionado desde hace mucho sancionado por Occidente, en razón de su “intervención militar” en Crimea, más el costo elevado de mantener militares en Siria; agreguemos el desplome de precios del petróleo. Estos dos últimos puntos han visceralizado la postura de Merkel y Hollande, quienes habían optado por más diplomacia, frente a la postura de fuerza de Washington. 

¿Mal cálculo de Vladímir Putin?

No creo. Pero sí se ha subestimado el tono geopolítico que este conflicto tiene: 1) La existencia de fuertes actores regionales: Arabia Saudí y Turquía han perturbado los cálculos previstos (¡apuesto que Moscú pensó que Israel se vería más involucrado!); 2) El componente de los refugiados se ha revertido. Ahora ese asunto es la espada de doble filo que está obligando a la diplomacia del Kremlin a aceptar “un cese al fuego concertado” con Occidente. Y a repensar su intervención militar.

Bashar al-Ásad no debería sentirse confiado. Él no está ganando la guerra. Entre más depende de Rusia, este, en cualquier momento negocia su cabeza. Putin quiere un territorio aliado, no un estado fallido, disputado por varios bandos y bajo un títere indefendible.  

Es un error postrero que los dictadores cometen cuando están en peligro de caer: sienten que el alero protector del enemigo de su enemigo los preserva de toda ruina.

En política, una presa herida y rescatada es fácil objeto de trueque. 

En escenarios a corto o mediano plazo, Moscú no dudará en preferir un líder moderado pero firme, que a un tirano de fidelidad inducida únicamente por el terror que siente al verse sentado un día en un banquillo para responder por los crímenes cometidos.

Nüremberg fue un gran precedente. 

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