Cefas Asensio Flores
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Podría decirse que la vida de Fernando Cardenal es la de un amigo que, sin importar si fuera un día, meses, años, o simplemente algunos minutos; su paso frente a nuestras vidas es y será sencillamente trascendental e imborrable. Y no es por la eficacia de su responsabilidad, claramente expresada en los logros históricos de la Cruzada de Alfabetización; sino por su carisma, humanidad, humildad, sencillez y consistencia con causas tan nobles y necesarias como son la vida cristiana y su expresión en una educación de calidad.

El maestro cercano

Entre las cosas valiosas de Fernando está su luminosa trayectoria para motivar a la juventud y a todos en procesos de transformación, innovación o en pos de algo nuevo. Esta virtud esencial y determinante de un magisterio siempre cercano, que sabe lo que le ocurre a cada quien de primera mano, porque lo averigua, dando confianza para que la oveja abra su corazón, y entonces analizar y dar respuestas efectivas, o al menos reflexiones vitales. 

Educar para la vida es el corazón de una educación de calidad y también lema de su propia vida dedicada extensa e intensamente a la educación. Emblema histórico y cristalino es la Cruzada Nacional de Alfabetización, de la cual hemos de tener memoria histórica; hay que recordar el enfoque alfabetizador siempre de alto significado para la vida del obrero y del campesino, la producción, la familia, la alimentación, la participación de la mujer, entre otros. Hay que refrescar el acercamiento entre las personas del campo y la ciudad, la vida en familia de miles de brigadistas que aún hoy día visitan a quienes fueron su familia; las experiencias para superar la separación entre trabajo manual e intelectual; la separación de la Costa Caribe —el gigante que empezó a despertar— con el resto del país. En síntesis, tener vivo lo que es el potencial latente de una sociedad en estado de educación.

Hay que decir que esa dinámica fue facilitada por su espíritu cercano, motivador, enteramente comprometido con la calidad humana de todos los grupos participantes (brigadistas, docentes, técnicos, directores, padres y madres, organizaciones nacionales e internacionales). Esto no es otra cosa que calidad educativa. Muchos participaron y jugaron papeles claves en semejante epopeya en la que en solo cinco meses se redujo el analfabetismo del 50.3 por ciento al 12.9 por ciento; pero no debe quedarnos duda de que el gran animador fue Fernando Cardenal.

Ministro de Educación y Director Nacional de Fe y Alegría, enfatizando siempre en la desformalización de la educación, ya que la vida no es formal y la educación ha de parecerse y ser como la vida misma. Motivando modalidades innovadoras, transformando la pedagogía de la docencia, y dando herramientas para la vida a los niños, adolescentes y jóvenes, con estrategias de participación comunitaria. Demostrando en todo momento que en educación lo importante es lo pertinente y significativo para la persona, su familia, sus redes sociales y la comunidad en que vive.

Un amante de Nicaragua y de los más pobres

Su testimonio nos dice sobremanera su amor por Nicaragua y por los más pobres. Su compromiso con los pobres desde la teología de la liberación, lo asume bajo el riesgo de ser sancionado religiosamente, lo que se materializó años después con su expulsión de la orden. Pero su fe y su compromiso con los pobres de Nicaragua fueron inquebrantables, realizando de nuevo todo el proceso de sacerdocio y volviéndose a ordenar hasta ser aceptado otra vez, lo cual es un hecho de amor sin precedentes.  

Entre sus muchos mensajes a la juventud copio uno de ellos: “No cambien de país. Quédense a cambiar el país. A hacer de este país algo más hermoso, más bello, más justo”. Que fue lo que él mismo hizo. Entre las muchas anécdotas están la de cuando triunfó la revolución en el 79, escuchó por radio que lo habían nombrado embajador en Estados Unidos, sin haberle consultado; a lo cual él protestó y rechazó porque dijo que había expuesto su vida para trabajar por Nicaragua desde aquí. Y muchas veces nos lo decía, siendo Ministro de Educación, que no había que pensar en irse a otros países donde ya han resuelto muchos de sus problemas; que es necesario quedarnos a construir lo nuestro.

Y por este generoso servicio nunca cobró nada. Su recompensa fue su felicidad, a como lo expresara a un grupo de jóvenes norteamericanos a quienes compartió su testimonio de vida: “El testamento que yo quiero dejarles a ustedes es mi felicidad. Que sean ustedes muy felices”.

Su actitud y pasión por la fe cristiana se concretizaron en el compromiso por una educación de calidad por, con y para los más pobres. Pensemos un momento en que si Nicaragua tuviera cien personas que la amaran tanto —de la manera, humanista, pacificadora, educadora y generosa, con que lo hizo Fernando Cardenal— Nicaragua se enrumbaría hacia su desarrollo pleno y verdadero.  

Gracias Fernando por tanto amor, por tanta pureza de valores, por tu compromiso a toda prueba y, sobre todo, por hacernos ver la necesidad de estar permanentemente en cruzada por una educación de calidad para una vida integral.

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