Félix Navarrete
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No recuerdo con exactitud la primera vez que fui a un cine, pero sí puedo decir que no pude terminar de ver la película, porque salí llorando aterrorizado al imaginarme que  Charlton Heston, quien hace el papel de Moisés, se saldría de la pantalla  y me llevaría  secuestrado a Egipto. Todavía guardo el rostro barbado y sucio del actor acercándose en un primer plano  que nunca olvidaré.

Muchos años después cuando  tuve la suerte de trabajar en un cine, reí al recordar aquella anécdota infantil y ridícula. Sin embargo, siempre quedó en mi imaginación la inminente posibilidad de que detrás del telón, esa tarde, hubiera estado escondido Heston junto a los otros personajes. 

Hasta que comencé a leer y devorar películas como un cinéfilo compulsivo, a tiempo completo y enamorado del celuloide.  Eran tiempos de bohemia y celuloide. Desayunaba documentales y almorzaba películas.  La noche era estelar.  La marquesina del cine anunciaba estrenos. Fue allí, en la sala oscura de la Cinemateca Nacional, donde conocí a mi esposa, entre latas de películas  y documentales de 16 y 35 milímetros y cajones de libros y documentos cinematográficos. Y allí, entre películas rusas, checas, norteamericanas y clásicas, entre escenas románticas y festivales nocturnos, tuvimos un hijo, producto del amor y del cine. 

Fue cuando  entonces descubrí la magia del kinoscopio y sus embrujos. Dejé de ver el mundo desde un ángulo plano, y comencé a observar la vida desde el lente pluralista de otros: así  me enamoré de Humprey Bogart en Casablanca durante aquella escena donde se despide de la bella Ingrid Bergman en aquel hangar de mala muerte.  

También me enamoré de películas como Midnight Cowboy,  (Perdidos en la Noche)  en la que soñaba con ser  el ingenuo  vaquero  estadounidense que llega a la ciudad en busca de vida y encuentra casi la muerte.  Quise ser Dustin Hoffman en Rain Man (El hombre de la lluvia) y  Robert De Niro en  Fear Cape (Cabo de Miedo).  En fin, quise ser varios hombres  y varias vidas. 

Gracias al cine pude conocer lugares maravillosos que nunca pisaría, mujeres exóticas que alguna vez se metieron en mis sueños. También  pude entender el verdadero sentido de la vida, comprender la  complicada naturaleza humana, viajar por el tiempo y la historia sin reparos.  Comprendí que el cine es la rendija por donde se llega a la eternidad.  Es vida y muerte. Pero también resurrección y reencarnación. 

Creo que si no existiera el séptimo arte, la vida sería muy aburrida y muchos se suicidarían. Quien inventó el kinoscopio, inventó una verdadera máquina del tiempo, una sinuosa fábrica de sueños e ilusiones que los seres humanos tenemos a nuestra disposición para despegarnos del mundo un rato y viajar hasta el centro de nuestras emociones.  

¿Qué sería de nosotros sin ese ojo humano que hurga todo a través de la pequeña cerradura del mundo?  No sé si está de acuerdo conmigo, pero el cine es lo más parecido al ojo de Dios.  Lo ve todo y en detalle.   Es el ojo que nos muestra el pasado y nos enseña el futuro. A través de ese ojo grande podemos percibir detalles que el ojo humano ordinario no percibe.  Y ese ojo grande es el cine. 

Sin embargo, la tecnología ha cambiado la forma de ver cine. Hace algunos años, entrar a una sala de cine  era como  ingresar a un templo sagrado. Cuando se apagaban las luces, los novios nos tomábamos de las manos, y aprovechábamos la  oscuridad para declararnos nuestro amor, mientras la película nos transportaba a otros mundos, a otras realidades, a otras vidas. 

Pese a todo, el cine sigue siendo el espejo de nuestro mundo.  Tal vez las salas han perdido el glamur religioso de otras épocas, pero en sus boleterías se sigue ofreciendo una cantidad variada de boletos. Usted escoge el destino y la vida que quiere vivir. Lo demás corre por cuenta de la tecnología.

Porque, en verdad, el cine es la única manera que tenemos los seres humanos  de vivir  la vida mil veces. 

Email: felixnavarrete_23@yahoo.com
Managua, 23 de febrero de 2016.

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