Erick Aguirre
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Entendemos por alteridad la noción, que permanentemente padecemos e interiormente nos formulamos, de la existencia de “otro” o de “otros”, y que a pesar de también proporcionarnos la noción de un “nosotros”, con demasiada frecuencia más bien tiende a reafirmar nuestra intransferible individualidad. 

Esa noción tiende a delimitar nuestra existencia y la de los otros como experiencias mutables, siempre cambiantes y en constante movimiento, pero autónomas, que arrastran consigo, cada una, sus propios tiempos, contextos y perspectivas.

En consecuencia, todo ese ámbito de percepciones nos hace parte, como individuos, de otras individualidades que nos perciben y nos contienen, y que a su vez también percibimos y contenemos, pero que no podremos nunca percibir en plenitud sino solo a través de esa fugaz epifanía lograda por medio del diálogo profundo y constante con el otro o con los otros que en el fondo representa toda obra literaria.

En Lienzos de la otredad (2010), poemario de Missael Duarte (1977), el hablante poético no solo intenta concebirse y enunciarse desde una conciencia de alteridad que implica el diálogo consigo mismo y con el otro o con la otra; sino también desde una noción de otredad quizás derivada de lecturas de poetas como Xavier Villaurrutia, Octavio Paz o Ernesto Mejía Sánchez; quienes parten del descubrimiento de un conflicto de relación entre la noción de individualidad y la conciencia de pluralidad.

Este libro me recuerda algo que algunos críticos de la literatura en nuestra lengua, como el peruano Julio Ortega, insisten en proponer: la percepción de la literatura como una “demorada y extremada conversación”, una conversación a su vez entendida como “la materia de la que está hecha el tiempo”.

Creo entender de tal propuesta que, si consideramos a la literatura como una práctica inevitablemente ambigua o plurivalente, su dinámica implica un activo involucramiento entre lector y escritor; y esa relación, aunque plural, está evidentemente limitada por las diferencias de tiempo, ámbito y perspectiva entre ambos.

No se trata solo de interrelación o intercambio de contextos y perspectivas individuales, sino, como propone Julio Ortega, de un permanente deambular conversando por variables e impredecibles rutas laterales en el tiempo.

Es un conflicto que, en este libro, trata de ser resuelto no solo a través de ese largo,  atemporal, ubicuo y distendido diálogo que constituye la poesía misma, sino también a través de la realización plena del amor y el erotismo, que son otra forma de diálogo y de fusión plural de individualidades.

En Lienzos de la otredad la noción alterada del hablante trata de constituirse en epifanía no solo a través de lo que dicen, desdicen o dejan de decir —y a veces solo insinúan o musitan— muchos de sus poemas, sino a través de un intento de diálogo entre verbo e imagen, cuya plataforma de proyección parecen ser, a un mismo tiempo, tanto el cuerpo amado o deseado, como la extendida y abierta virginidad de la página en blanco.

Amor y erotismo como expresiones “otras” de un mismo hecho, o como una forma de fusión del Eros y la Psiquis por medio de “trazos poéticos” o “trazos de lenguaje” que el hablante poético (especie de ciego pintor de palabras) pergeña en un lienzo permanentemente nocturno.

Los poemas de Lienzos de la otredad se proponen como pinturas hablantes que a veces se pierden o se vislumbran lejanas en los “oscuros bares de la memoria”, pero que al final, como los dos cuerpos constantemente evocados, se ofrecen, se postran y consagran en el ritual de una exaltada y ardiente “misa negra”: el lugar sin límites donde absolutamente todo (individualidades y contextos, “yoes” y “nosotros”) se sacrifica en desafuero ante la deidad suprema del Amor.

Este libro pretende ser una brevísima versión contemporánea del bíblico Cantar de cantares: la búsqueda del otro, o de la otra, como deseo de encontrar lo perdido, pero que siempre se ha poseído, o como frustrado intento del Ser de abrazar la otra mitad que le ha sido arrancada.

Quiere ser también una especie de teología de fuego: lógica y pasión universales; llamas dobles que nunca dejarán cenizas.

* Escritor y periodista.

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