Lesli Nicaragua
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“La lectura de los periódicos es la oración de la mañana del hombre moderno”.
(Número cero)

A Eco llegué en marzo –siempre marzo- del 97. Cursaba derecho romano y un compañero, de esos listillos que abundan en la jurisprudencia, me prestó un mamotreto de un autor italiano, cuyo apellido constituyó siempre el fraccionamiento de un ser.

Pero que desde entonces se convirtió en un fiel compañero de auscultación de la realidad.

El título del texto, El nombre de la rosa, me pareció un tanto romántico,  pero ya una vez dentro –Lector in fábula- descubrí los meandros de los silogismos, la intertextualidad de todo lo escrito. De repente, Conan Doyle me sonó en la cabeza, y luego Borges y luego… Eco era el comienzo de todos los caminos… hasta que este sábado, a las 2:30 de la madrugada, mientras esperaba la contestación de un mensaje de larga distancia, se cerraron las vías cuando una colega de televisión me texteó: “Se murió Eco”.

Inmediatamente recordé las clases de semiótica. Eco, el referente. Sus Apocalípticos e integrados, ese discernimiento sobre la cultura de masas. Obra abierta y La estructura ausente, sus aportes a la compresión textual. El tipo era un genio con su cara y con su cuerpo. Inmenso en su literalidad y en su alusión misma. Navokob no habría necesitado verlo para concluir que lo era.

Eco coqueteaba con la eternidad –Señorita, diría cáustico, hasta los genios mueren.

Recordé, luego, a mis alumnos de los cursos de redacción de cada marzo, cuando les invitaba a ver la realidad con los ojos de William de Baskerville, el personaje principal de El nombre de la rosa, ese sabueso que podía ver más que la simplicidad de lo desordenado: un mundo reordenado por la lógica de lo ilógico. Atentos, los podía ver mejor cuando entrábamos al mundo de la argumentación. Buscando las mejores afirmaciones, más allá de las opiniones. Porque, les decía, es bueno tener opiniones, lo malo es tener solo eso. Y ellos entendían el reto de la contestación.

Eco, tan básico y tan específico. Así de desmesurado era el hombre. Así lo fue el escritor antes de que la fama lo atrapara en una biblioteca desmenuzando cada frase. Y aun después de que los suecos decidieran que no era políticamente correcto. Las cuentas se pagan, dijo una vez. Y era más que un silogismo.

Así que este sábado, tras leer a Juan Cruz y Pablo Ordaz, esos periodistas que quisiéramos ser los que respetamos el oficio, con sus enormes panegíricos que le quedan chico al gran Eco, decidí leerme, de un tirón, su última novela, Número cero, que la había conseguido hacía un par de meses. El mejor Eco, el de la fina ironía que trasluce en todo el texto, se me puso al frente y me dijo en su última frase: “La vida es llevadera, basta conformarse. Mañana (…) será otro día…” En realidad, Eco, no lo sabía todo. Sabía más.   

Periodista y escritor.
leslinicaragua@yahoo.com

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