Francisco Javier Bautista Lara
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Publiqué el poemario Huellas del otoño en 2011 dedicado “A Vincent, mi primer nieto, quien vio la luz en marzo” de ese año. En 2010, cuando el niño, cuyo nombre aun no sabíamos porque apenas se estaba gestando en el vientre de su madre, y sus progenitores se preparaban para asumir el maravilloso, incierto y difícil camino de ser padres, comencé un intenso y prolongado aprendizaje, lo que después, salió en un voluminoso libro con el título: Último año de Rubén Darío. El texto acaba de ver la luz pública (enero 2016), en el mes cuando el primer día del año que cursamos, el papá del niño, mi hijo Juan José, partió anticipadamente de este mundo dejando un vacío insustituible pero también la satisfacción por haberme permitido, a pesar de mis imperfecciones, ser su padre durante 32 años. Aprender y enseñarle, buscar mi propósito, y acompañarle en el que solo él habrá identificado.

En Huellas del otoño incluí un poema que dediqué “A mis hijos”, ellos son cuatro, representan el motivo principal de mis esfuerzos, aunque crezcan, aunque emprendan su rumbo necesario, disfruto en la proximidad y en la distancia, a veces en silencio sus satisfacciones y sufro con lo que les afecta. El poema se los leí un Día del Padre, antes de imprimir el libro. Dice en una de sus estrofas: “Estás allí todavía, aunque la puerta enllaves, / antes de irte y dejar en su momento / el cuarto deshabitado, disponible, / con cosas guardadas, olvidadas, / habrás partido, / como todos un día parten, /partimos… / inician el recorrido que andamos, / cuando busquen en su cama a un hijo / repitan, no sabiéndolo, el recuerdo / de mis visitas cuando de niños dormían”. ¿Qué sabía lo que después pasaría y a lo que podría referirse decir: “habrás partido”?

Ambos libros son productos de circunstancias particulares que me son inseparables. El primero recoge en la brevedad condensada de los versos las experiencias y percepciones personales, celebrando una vida que llega, el misterioso don de existir, de volver, de continuar, un momento inentendible que surge del amor, cuando alguien despierta a la luz desde donde no sabemos. Y el otro, el libro sobre el cual hemos hablado, fue en la proximidad del duelo que trato de pasar con serenidad y esperanza, se refiere precisamente al final de Rubén Darío, en el centenario de su muerte, circunstancia que pudo parecerme lejana pero que me permitió aproximarme a las condiciones propias del Genio, pero principalmente al hombre frágil y sensitivo.

En ese aprendizaje, aun inconcluso, no sabía que preparaba mi propio duelo, para comprender lo incomprensible de la muerte que ha tocado la puerta de mi casa, que es, no la luz que se apaga, sino una nueva luz que apenas comienza, aunque no sepamos definirla. Al lado del sufrimiento percibí cómo, poco a poco, en la brevedad del tiempo disponible, en mi hijo se liberaban sus ataduras, se desenredaban nudos, se soltaba lo desconocido, volvía, en las incomprensiones, el humor y la serenidad, la resignación por lo “que no conocemos y apenas sospechamos”, reconciliado para renacer en fe y en paz.
Mi hijo se fue (a veces parece mentira, como que no ha ocurrido, como que fue ayer o hace mucho, mucho tiempo), mi pequeño nieto, quien apenas cumplirá cinco años, tiene una energía y un entusiasmo inagotable. Y nosotros aquí aun, caminando, sin prisa, tratando de volver a la simplicidad y recuperando lo esencial, dejándolo ir. Por eso escribo y porque tal vez alguien encuentre en estas líneas un mensaje útil.  Más allá de un libro, hay detrás de cada uno, una vida o una multitud de existencias que se apagan o encienden. Estos asuntos no solo tocan la razón sino también, inseparablemente, los sentimientos, las profundidades que no vemos.

www.franciscobautista.com

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