Mónica Zalaquett
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"Mi nombre es Ana y tengo 53 años. Mi infancia fue muy dura, mi papá falleció cuando yo tenía cinco años y mi mamá trabajaba en el campo para poder mantener a sus tres hijos. Pasamos muchas dificultades para comer, a veces mi madre se iba después del trabajo a pescar para podernos dar algo porque vivíamos cerca de la playa, pero la mayor parte de las veces solo comíamos tibio con tortilla y sal.

Yo tenía un hermano que me daba órdenes, me pegaba y me insultaba si yo no le obedecía y le lavaba su ropa. Me mandaba a traer el suero para los chanchos y yo debía caminar casi un kilómetro cargando las pichingas de dos galones. Cuando me quejaba con mi madre, ella me decía: “Es que no le hacés caso, por eso te regaña”.

Cuando yo tenía ocho años, mi mamá me dio como hija de casa a una familia de dinero. Ahí mi infancia fue mucho más dura, porque me ponían a limpiar a los perros y diario me mandaban a pie a comprar la comida al mercado que quedaba a quince cuadras y tenía que volver cargando las compras.

Lo único bueno en esa casa fue que me dieron el tiempo para estudiar, pero  cuando terminaba los oficios me iba al colegio, volvía para hacer la cena, lavar los trastes y hasta después tenía el tiempo para hacer mis tareas. Aguanté hasta los 14 años y me fui, porque a medida que crecía me daban más trabajo y ya no soportaba tanta carga.

Al salir de esa casa me vine a Managua, donde mi hermana mayor no me exigía tanto. Yo no había tenido infancia, así que a los 15 años conocí a un joven y le tuve a una niña, pero él comenzó a pegarme, a sacarme a las calles a media noche y dejarme afuera cuando llegaba tomado. Duré solo dos años con él y me fui a vivir con mi mamá, que me cuidó a la niña para que yo pudiera trabajar y mantener a mi hija.

Estuve así otros tres años hasta que conocí al papá de mis otros tres hijos. Al principio él se portaba bien conmigo pero con el tiempo cambió, me maltrataba, pasaba delante de la casa con otras mujeres y en una ocasión, cuando quise irme, me pegó este machetazo (muestra la cicatriz) en la mano. Al verme toda ensangrentada se asustó, me llevó al hospital y dijo que me había cortado con una lámina de zinc.

Una señora conocida me vio con la mano cortada y me dijo que no creía eso. Me llevó a un grupo donde ayudan a las mujeres maltratadas y allí una sicóloga me empezó a tratar hasta que a los dos meses decidí dejarlo y volver donde mi mamá. Continué trabajando con el apoyo de mi hija mayor, que cuidaba a los más pequeños.

Cuando ellos crecieron, uno de ellos se metió a las pandillas y a las drogas, y se volvió violento como su padre. En ese tiempo, la promotora del Ceprev en mi barrio me invitó a los talleres de esa organización y fue una gran experiencia para mí, porque sentí que mejoró mi autoestima y aprendí cómo debía tratar a mis hijos. Yo era padre y madre, y les pegaba con una gran furia cuando me contestaban, pero esa promotora me dijo que no los siguiera maltratando porque se iban a portar peor.

Después del taller dejé de maltratarlos y mi hijo cambió. Él también comenzó a ir a los talleres y se apartó de las pandillas y las drogas. Lo único que no pudo superar es el carácter duro que le quedó a raíz de los siete machetazos que le pegaron y que le dejaron secuelas graves en la cabeza, el brazo y la canilla. Hace poco en el Ceprev lo capacitaron como emprendedor y le dieron un capital semilla con el que pusimos una pequeña venta en mi casa.

Yo también participé en unas capacitaciones que dio el Ceprev en mi barrio para aprender repostería, y eso nos ayuda ahora a mantenernos. Pero no solo me han apoyado a mí y a mi hijo, sino también a una nieta que recibió una beca para estudiar belleza y ahora trabaja medio tiempo en una peluquería y continúa estudiando para bachillerarse. Por todo eso, desde el fondo de mi corazón me siento muy agradecida y con una gran esperanza de avanzar y salir adelante.

*La autora recoge testimonios de personas que desean compartir sus experiencias de cambio.

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