Orlando López-Selva
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El referendo efectuado en Bolivia, que le diría al presidente Evo Morales si contaba con la legitimidad y legalidad suficientes para nominarse por cuarta vez para la presidencia de su país, ha sido revelador.

Como punto de partida, estuvo bien que ahí haya llegado al poder un presidente indígena. El 62% de la población lo es. Era justo, Bolivia es otro típico caso latinoamericano de profundas divisiones sociales y raciales; geográficamente enclaustrado, y clamando por tener salida al mar.

Así se confirma que la democracia es el único sistema que permite que mayorías o minorías puedan gobernar siguiendo las normas cívicas que propician el pluralismo político.

A pesar de los cambios institucionales —pronacionalistas y populistas— que realizó el presidente Morales, apoyado por sus diputados del Movimiento al Socialismo (MAS) queda demostrado que, los pueblos también se cansan de oír el mismo discurso, ver las mismas caras, y rodearse de la misma propaganda que aturde y desgasta la confianza ciudadana. Todo hecho para convencernos de que “los líderes políticos tienen poderes mágicos protectores”.

Entonces aprendemos que el poder se vuelve una obsesión enfermiza para los que lo ejercen por mucho tiempo. Los ideales se convierten en dogmas. ¿Es aquí donde la política y la religión se tocan?

Cuando el presidente colombiano Álvaro Uribe intentó una tercera nominación presidencial y el tribunal constitucional se la denegó, por ser ilegal, prevaleció la sensatez.

Sabemos muy bien que en las democracias verdaderas, ese intento reeleccionista es pernicioso porque abre la puerta al autoritarismo.

Que un presidente permanezca en el poder por más de dos períodos, es un insulto al consentimiento de todos los gobernados. Es un golpe bajo al liderazgo ascendente dentro de las filas del partido político que lo auspicie.  

¿No puede haber otros líderes capaces de hacer las cosas tan bien o mejor? ¿Por qué la vocación de servir a un pueblo, luego de un tiempo, se tienta a la obsesión por el poder? ¿Quién dice que la continuidad de un mismo líder en el poder no es dañina, cuando lo más probable es que termine convirtiéndose en dictadura —sino ver los casos de Mugabe en Zimbabue, los Castro en Cuba y los Kim en Corea del Norte?

¿Si un partido que se dice revolucionario y progresista no es capaz de renovar a sus líderes, se vuelve conservador? ¿Cómo pueden ser confiables para sus correligionarios que también aspiran al servicio público o al más alto cargo político?

Si son tan representativos de las mayorías, ¿por qué pierden  popularidad?

A esto sí hay una respuesta. El poder político longevo desacredita y se deteriora.  

Bolivia es un país pobre que había estado sometido a golpes de estado constantes, fraudes electorales, militarismo inveterado. Y con el triunfo de Evo, muchos acogieron —unos con dudas; otros con entusiasmo— ese relevo generacional y étnico: un líder indígena, que tenía el chance de crear oportunidades de progreso para los aborígenes excluidos de ese país tan rico y hermoso.

Morales llegó; hizo todo lo que quiso con el apoyo de sus pares venezolano y cubano. Pero hoy Evo sabe que no es  indispensable. Reformar la constitución para prolongar su estadía, sería suicida.

Y su salida, si es que se hace cívicamente, sería un ejemplo para otros revolucionarios que creen que el poder es una posesión de castas que únicamente entregan en la vejez a los herederos de sangre o a los delfines más obsequiosos.

Es indudable que los que más gustan permanecer en el poder son los que menos vocación democrática tienen.

¿Hay una tipificación psiquiátrica al apego obsesivo al poder?

Lo bueno es que si Evo Morales acata la voluntad popular, se habrá dado cuenta de:

1) que los que le seguían no eran siempre la mayoría;

2) que el poder, por muy bien intencionado que sea, si se prolonga mucho, corroe a los que lo tienen hasta convertirse en mal;

3) que todo liderazgo político no renovado, tiende a crear castas que sustentan dictaduras;

4) la izquierda radical en Latinoamérica está declinando desde hace rato. ¿O es un nuevo ciclo histórico que está dando paso a otras alternativas?

Bolivia puede elegir entre varios líderes. La pluralidad ideológica brinda oportunidades a los ciudadanos. Toda elección es una oportunidad para renovar, vigorizar o crear.

De otra manera, los regímenes ideologizados que se entronizan en el poder, sin seguir el curso dinámico del péndulo, se  atornillan y hunden en un extremo. Esto frena el desarrollo del pluralismo político, que vitaliza a toda democracia verdadera.

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