Juan Alberto Henríquez
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Un soñador más allá de los sueños juveniles de la época, una ilusión permanente, pero con los pies puestos en la tierra: Moscú y lo que esta significaba. Así vivió y murió Elí Altamirano Pérez. En la década de 1970 formó parte de la corriente de izquierda conviviendo con otras corrientes prosoviéticas, lo mismo que prochinos, troskistas, más o menos cultos. Los prosoviéticos entrenados en Moscú para el manejo de situaciones adversas del capitalismo y en los gobiernos. Al triunfo sandinista, esta situación cambió y fueron los gobernantes los que mantenían esas relaciones.

Conocí a Elí Altamirano Pérez en el sindicato de choferes de Managua, era un burócrata sindical y nosotros activistas en la calle, pregonando la lucha armada para derrocar al somocismo. Hubo otras formas violentas de hacerlo.

En un folleto en el que cuenta sus memorias dice que fue a entrenarse militarmente a Cuba y suspendió el entrenamiento porque fue llamado por el buró político del PCUS –Partido comunista de Rusia—para resolver una crisis. Semejante aseveración causaba hilaridad entre sus amigos y en algunos alineados a su posición, mucho respeto y hasta idolatría al “jefe”.

En una plática con Jaime Wheloock, exmiembro de la Dirección Nacional del FSLN, al inicio de la Revolución, le propuso que para consolidar la Revolución y desarrollarla, era necesario e indispensable mantener relaciones con la URSS. Wheloock le respondió que habían tenido una plática con el PCUS y estos le dijeron que no podían ayudarlos porque ellos habían hecho la revolución terminando el quinquenio en la URSS.

Al triunfo de la Revolución el 19 de julio de 1979, Elí Altamirano era prisionero del somocismo y su gente participaba del MPU --Movimiento Popular Pueblo Unido--. Según él dirigió desde las mazmorras toda la insurrección contra el régimen dictatorial.

Los activistas suyos llevaban a su presencia dos o más aspirantes a conocer la posición oficial de su partido y él les dirigía con voz alta y bien entonada un discurso como si estuviese en la plaza de la Revolución. Les decía que la militancia en un partido se ganaba con mucho sacrificio. Luego le comentaban a Elí otros camaradas que esa era la misma forma de reclutar que practicaban los evangélicos con sus feligreses, a lo cual él soltaba una carcajada con su característico desenfado.

Elaboraba folletos y el periódico Avance que tenía almacenado en una bodega y no había posibilidades de venderlo por lo que dejó deudas que nunca canceló. Entre sus acreedores estuvo la imprenta del desaparecido diario El Pueblo. Hizo negocios de siembra de granos básicos y estuvo en una litis, que perdió, en una sociedad de llantas.

Fue diputado por la UNO --Unión Nacional Opositora-- y en una ocasión sufrió los ataques con piedras y garrotes de los partidarios del FSLN, dañándole el vehículo que le había financiado la Asamblea Nacional. Al ver los daños se le salió su concepción obrerista y dijo: “Lo que me preocupa es que han destruido una obra de arte de los obreros industriales de los Estados Unidos”.

Fue aliado del Partido Liberal Independiente (PLI), dirigido en ese entonces por el doctor Virgilio Godoy Reyes, a quien defendía a capa y espada. En una ocasión, comentábamos de las cualidades o defectos de un fallecido y él dijo: “El marxismo es para los vivos y los muertos”. Efectivamente, Elí fue un hombre especial que se involucró en la vida política de Nicaragua en donde nunca ha prevalecido la santidad ni la armonía y quizás el político sobrevive con las armas que posee, en detrimento del adversario de sus objetivos.

*Periodista.

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